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Ah, cabrón, te he jodido.
Si tu supieras que te he jodido los tres matrimonios. ¿Pero quién te manda ser tan maricón?
Tu no puedes lo que yo. Forzar a una hembra. ¿Qué tu no lo deseas, puta? ¿Y a mí qué? Estás conmigo y tienes que hacer lo que yo te diga. Y le das una bofetada a la puta.
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Se desliza en mi conciencia semidormida un recuerdo: iba por una de las calles viejas de mi ciudad, cerca de la Editorial, y ví a Marcos y le dije: ¿Cómo te va?, y me contestó: no me digas nada con un trabajo que ¿pero no te enteraste de lo que me ocurrió? No. Que tuve un accidente. ¡No me digas! Sí te digo, ¡estoy vivo de milagro! Es que me encontraba de vacaciones y hoy es el primer que vengo a la editorial. Pues luego te cuento lo del accidente y dime, ¿qué haces? Una antología de ciencia ficción y... ¿no has escrito algo nuevo? Después del accidente he abandonado la locura de tanto trabajo, total cualquier día se muere uno, ¿y tú? Que va, no puedo crear nada porque enfrento una situación con el vecino que me trastorna la cabeza. ¿Sí?, bueno ¿y por qué no te mudas? aunque tú la cabeza me da vueltas vives no sé qué me ocurre la cabeza me va a estallar prácticamente sin vecinos ¿te divorciaste? Sí. ¿Qué te ocurre con las mujeres? no se da cuenta ya van como cuatro de cómo me siento, ¿no?, sólo tres matrimonios, y no sé qué me impidió decirle a Marcos lo que sospecho: en eso ha jugado cierto papel el señor de los bajos.
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La carreterita de las afueras de la ciudad es estrecha.
La joven le hace señas al automóvil, un Lada de cuando la Unión Soviética era la Unión Soviética, y el chofer lo detiene. La joven es vieja en experiencias, abierta en su totalidad y sin tontos prejuicios.
Tú, acusado, ahora que han sido expuestos tus crímenes ante el Tribunal, recuerdas cómo pequeñas cosas te inducían a grandes cambios, cómo te sentías frente al timón: te desdoblabas, te hacías otro: sin debilidades, impulsivo, agresivo: lanzas el auto sobre los indefensos peatones y biciclistas para asustarlos, burlas el derecho de los otros vehículos, te llevas la roja, la amarilla, y hasta violentas la verde.
El ambiente que rodea al conductor y a la joven se indepenen el movimiento del paisaje que huye tras las ventanillas tornándolos en cómplices.
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Marcos tiene razón en lo que dijo sobre los jurados. Claro, hay muchos criterios: hay un grupo que dice que los jurados de los concursos literarios deben ser permanentes, y hay otro grupo que dice que no. Los jurados de los concursos importantes deberían ser numerosos, no todos tienen que ser escritores, y perma retribuidos o con ciertas facilidades para poder exigirpor el trabajo que realicen. Y la norma ahora vigente de que la participación no sea anónima hace que el trabajo del jurado no sea objetivo. La revisión política de la obra no debe hacerse de esa forma. Aunque, en definitiva, un concurso tiene algo de lotería: la calidad es un factor, pero no el único. A lo mejor determina si te leyeron de día o por la noche, o el estado de la digestión de ese momento, o si te leen de verdad, ¿quién sabe?
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Existe algo tenso entre los dos en la intimidad forjada mientras se va la carretera, aunque él sonríe y habla.
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Él acelera, escoge recodos, busca el paraje y ella protesta.
"¿Pero por qué se mete aquí?", ya hay algo de miedo en ella: el rostro de él se ha transformado completamente.
"¡Oiga! ¡No! ¡No sea bruto! ¡No me pegue!... Está bien. No se ponga así.¡Cuidado! ¡Me duele! No me pegue..., no me pegue... Se fue. Lo denuncio, coño. Mira cómo me ha puesto. Por gusto... Tan fácil que hubiera sido de otro modo. Que va, no puedo ir a la policía y ¿si me sale lo de jinetera?... El muy hijo de puta."
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Así que Sánchez me jugó D4T, así que la Cambridge Spring en definitiva. ¡Mira que las variantes viejas se modernizan una y otra vez! Es como la moda. Contra ocho de los nueve adversarios tengo buena posición. Claro que estoy aún en la apertura con todos en este torneo, pero con la mayoría me siento cómodo. No sé porqué acepté la Ruy López con el tal González, y debo cuidarme porque tiene un buen ELO. Tiene mejor rating que yo. Me gusta el ajedrez postal. Jugar varios torneos sin salir de la casa. Enviar la jugada propia y esperar la carta con la respuesta del adversario.
¿Aceptaré la proposición de Julián de escribir una novela policial con él? Una novela a cuatro pies y a dos máquinas. Hablando de cosa policial, ¿serían manchas de sangre las que ví en el carro del señor de los bajos? ¿No me dejaré llevar de nuevo por mi imaginación?
He impedido que el sol se siga comiendo al buró. El poema me está quedando mejor...
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—Teniente, el crimen se cometió durante o después de la violación, pero no antes.
—Capitán, lo que resulta de cuidado es la posibilidad de que el asesinato tenga relación con el otro caso, el de intento de violación.
—Claro, la joda es que esto sea una serie y déjame decirte que eso es precisamente lo que sospecho, pues incluso pueden haber otros casos que no sean de nuestro conocimiento porque no hayan establecido las correspondientes denuncias.
Tu piensas, capitán, que el mayor se ha reblandecido haciendo lo que te ha recomendado sobre leer libros, pulirse, estudiar y todas esas zarandajas, pues te parece verle algo de compasión en las miradas que le dirije al asesino y eso tu se lo tienes que criticar en la reunión del núcleo del Partido. Eso de locura, complejos y un carajo es para el jerimiquijero de la defensa que no podrá hacer mucho porque lo tienes bien cocinado para que el fiscal se coma entero al hijo de la gran puta. Además, hay inés de los de arriba en esto. Se jodió el muy maricón.
—Capitán, ¿revisamos lo que me declaró la ciudadana?
—Ok, teniente.
—Compañero —dice la ciudadana—, la cara se le puso horrorosa.. No estoy exagerando, se puso de verdad feo.
—¿Ves? le señala el capitán a su subordinado El punto de unión de los dos casos es el motivo y un auto, pues el cadáver fue transportado en uno hacia el lugar donde fue encontrado.
—Al final —continúa la ciudadana, si no es por esos hombres que se encontraban cerca, y que él se acobardó, me mata.
—No, creo que a ella la ayudó también, capitán, que era un poco mas mujer, con mayor corpulencia que la muchacha asesinada
—Sí, eso y el susto por la cercanía de esos trabajadores.
—A mí me preocupa lo que, según la ciudadana, dijo el criminal sobre el vecino de los altos.
—Ay, teniente —exclama la mujer—, yo..., figúrese, no sé, al principio me empezó a contar, nada, pensé que una de esas riñas de vecinos, pues me dice que si el vecino de los altos lo vigilaba, que si esto, que si lo otro, nada, una rencilla, pensé, yo conozco de eso, y que lo iba a joder, perdóneme pero así dijo, y se le iba cambiando la cara así extraña con un odio de puñeta y me empecé a asustar, porque el tipo se ponía extraño de verdad hablando así de su vecino.
—Bueno, aquí tenemos otro punto para investigar: no deben existir muchas casas aquí en la Ciudad de la Habana con esas condiciones concluye el capitán. Ojalá no sea una pista falsa, ojalá.
—Que me tranquilice —dice con rencor la mujer—, que me tranquilice... Se ve que usted no fue el que le pasó esto. Pero se fue todo marcado. El muy... ne jodió dos dientes, pero lo garabatié.
Tú sabes, mayor, que el capitán no te traga, pero tienen que trabajar juntos y eso los dos lo saben. Y lo han hecho bien, pues capturaron al culpable, no antes del último crimen, pero lo detuvieron. No es que el capitán cumpla mal sus funciones, pero sería mucho mejor que no fuera tan inculto, que no fuera tan animal, que leyese, que estudiase, que no poseyera el estrecho dogmatismo del desconocimiento: los malos son malos en todo y los buenos son perfectos.
—Ay dice la mujer, pero yo he subido así a muchos autos y no me había pasado nunca algo como esto, qué me iba a imaginar, parecía tan educado y fino.
—¿Ya imprimieron las fotorobots?
—Sí, capitán, pero me parece que servirán de muy poco. No comprendo cómo es posible que la ciudadana sea tan mala fisononomista.
* * *
Todo lo que vive, muere. Qué poca cosa somos. Mira a Julián. Le dió un infarto. Y él es mucho mas fuerte que yo. A mí me puede dar un infarto. He llamado a la editorial. No me siento bien. Me falta el aire. Esta hipocondría mía que me hace padecer las enfermedades ajenas. Tengo miedo. Tengo miedo a morir. Creo que él sospecha. He visto cosas extrañas. El de los bajos se encuentra en algo terrible. Pero tengo miedo a salir para delatarlo. Hay un profundo olor a tierra removida y a lluvia venidera.
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El puño golpea feroz.
Los dedos desgarran las ropas.
Lucha violenta en las tinieblas del cuarto.
Las manos ahogan el grito, aprietan la garganta.
El cerebro del insano se desdoble en el momento de los estertores y le da por imaginarse como la Santísima Trinidad: es a la vez el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero en la cruel realidad todo ha terminado, y ella está muerta: es el segundo cadáver; y le da por imaginarse el tercero: al odioso vecino. Y se ríe y el mundo se cae en lluvia allá afuera.
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Llego corriendo, pero estoy empapado. Me he sorprendido a mí mismo al lado del auto de mi vecino. Debo ir al médico, pues me siento mas que nervioso. Abro la puerta, me dirijo a mi habitaón y me fulmina un rayo. El rayo que cayó en mi cama, que la mató a ella por la garganta, que se encuentra muerta, que ¿dónde estoy?, que ¿cómo es posible?, que me he equivocado, que en vez de subir a mi planta entré en la del vecino, que me falta el aire, que ese auto se detiene, que llueve, qué extraño, alguien que se preocupa por alguien desconocido, ¿qué le ocurre, compañero?, que me siento mal, que suba compañero, para algo somos vecinos, que un vecino, la lluvia no me deja ver bien, ¿será el de los bajos?
* * *
—Teniente, ya sabe cómo es la cosa. Olvídese de formalidades y de guanajadas legalistas, esto ni siquiera es un caso político. Nos han asignado un montón de recursos, pero también nos dieron doce horas para cocinar el potaje. Póngase las pilas, como dicen los nicas, y agarre las direcciones esas, que si nos matan al vecino ese o a otra más, vamos a tener que bailar la lambada como mujeres.
—Sin tema, capitán... Aunque no comprendo bien... El peritaje y la declaración de la ciudadana nos permite estrechar la búsqueda y me han dado direcciones que no cumplen esos requi
—Eso lo añadió el mayor y hay que cumplirlo. Vamos, andando.
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Subo y el auto echa a andar, no es el de los bajos, le cuento todo, no me discute, nada me dice, pero me mira como si yo estuviera loco, habla cosas banales, no puedo respirar, llegamos, ¿qué tiene?, me falta el aire, me toma la presión, oye la locura de mi pecho, ¿se me oirán los silbidos de mi cabeza, la locura?, mi vecino, el señor de los bajos, ha matado a una muchacha, se encuentra en la cama y se la puede llevar para desaparecerla, ¿habré dicho algo?, ¿o me imagino que lo he dicho?, padece un estrés, me inyectan fenobarbital, es sólo nervioso, la mínima un poco alta, debe recibir tratamiento en el policlínico, ahora espere ahí sentado, dentro de media hora lo volveremos a chequear.
Ya me siento sereno.
La inyección me ha dejado así: dormido con los ojos abier
Han transcurrido varias horas y ya me encuentro frente a mi casa.
Ya no tengo párpados que me oculten las verdades.
Te estoy mirando.
Un gigante se entretuvo llevándose mi casa. Y no me sorprende.
Ya no te odio tanto.
Se llevó sólo mi planta y dejó la del señor de los bajos.
Parece que mi cerebro me ha jugado una mala pasada y me mentía sobre mi casa. Ahora me harán responsable de la asesinada por mi vecino. Sé que el cadáver me espera en mi cuarto. ¿Dónde se encuentra el señor de los bajos?
Aquí está.
¿Dónde?
Aquí.
Aquí no hay nadie.
¿Nadie?
Estoy yo solo.
Yo también.
¿Quién?
El Señor de los Bajos.