Arnoldo Águila
Primera edición 2008 Rv. A
CAPÍTULO I
Aunque no la veía porque ella se encontraba a sus espaldas, la sentía sumada al todo irrepetible: a la derecha, la hiedra y el musgo verdes cubrían un pedazo de muro descascarado, con excepción de su borde superior, que mostraba rajaduras en forma de ríos y afluentes; a la izquierda, un laurel milagrosamente nacido de un pequeño pedregal les brindaba una sombra agujereada; enfrente y abajo, un pequeño abismo que daba a una parte del jardín del castillo; y a último momento se había integrado a este escondrijo el imponderable de una brisa entre húmeda y calurosa que balanceaba las flores pálidas sin alcurnia, de colores blanco, rosado y blanco, y rosado con vetas violetas, que, casi a sus pies, sobre el pequeño saliente desde el que oteaban buscando a sus perseguidores, eran libadas por unas abejas salidas de quién sabe qué misterioso panal. Sentía los largos y delgados brazos de ella que recién lo aprisionaban atrayéndolo hacia unas palomillas acurrucadas de la noche a la mañana en un busto de estreno, y cuya existencia iba el hijo de la cocinera descubriendo perplejo mientras aumentaba la tibia opresión. Ella se sentó sobre sus piernas y a su vez, lo hizo sentarse sobre sus muslos delgados y cándidos.
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Nadie podía imaginar la proximidad de los cambios que se avecinaban, ni siquiera el Rey Utzabora que despachaba con el sordo Fineso, que era el jefe de su Servicio de Espionaje. Fineso aparecía totalmente menguado por la figura casi gigantesca del Rey, que exhibía en su piel un mapa de verrugas de todos los tamaños y colores, signo infalible de la enorme cantidad de conjuros que había hecho a lo largo de su vida.
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En la cocina real, mucho mas pequeña pero mucho mas lujosa que la de los otros dos comedores del enorme Castillo Imperial, como en tantas otras madrugadas, pues ambos eran noctámbulos, la cocinera y su obra conversaban.
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El Rey recordó cuando conoció a Nichamendis... y a Kresmata. A veces se había dicho a sí mismo que mas apreciaba el haber encontrado a una verdadera cocinera yenina que a su esposa. "Esposa puede ser cualquiera, cualquiera te puede dar hijos, pero ya no quedan cocineras de la vieja estirpe, descendientes de aquellas que aprendieron el arte de la cocina de las Abuelas. En todo el reino yenín no hay mas cocineras de la vieja escuela. Y en el mundo ya quedan pocas... Hay en algunos principados merlos y en algunos reinos de las Umanadas, ni Blancos ni Orcas ni Hiptas..." Se estremció al recordar lo que él en persona había experimentado con la cocina Hipta. "La cocina mas bella del mundo y sin embargo, la peor. No sé cómo pueden vivir allá."
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En el castillo de los Machihuerta, Nako, el Espía, que era tan flaco que no tenía que ocultarse para espiar, le informaba a Terencio sobre la marcha de la conspiración en la recámara del Rey de Machihuertia en el Castillo de Nazín, la capital de la provincia yenina.
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Tzarcáver no dormía.
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A pesar de lo tarde que era, pues ya casi amanecía, Cuasicasio, el hijo del hermano del Rey Yenín, era testigo imparcial y premeditado a través de la rendija de la puerta del baño, que por casualidad planeada no podía ser cerrada del todo, de como Mirta, la criada que lo atendía, se bañaba desnuda mirándose a sí misma en un espejo y ratificando de soslayo la presencia testicular. Por otra parte, se comenzaba a notar que el pantalón del esforzado observador científico estaba quedándose estrecho ante el abultamiento progresivo de los doce años de edad. Por desgracia, la comparación del contraste existente entre las espaldas de la joven de dieciséis y el resto mostrado de vez en vez como al descuido planificado, llevó a la transformación del testigo, que decidió morir como tal en un curso de acción no tan imprevisto.
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Kresmata miró a Canildo y pensó: "¡Cuánto ha crecido!"
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Utzabora estaba nervioso, cansado.