Arnoldo Águila
 
 
EL CONJURO
DE
CATANIA
 
 
 
LOS TRES NUDOS DE LA VENGANZA
TOMO I
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Primera edición 2008 Rv. A
Copyright © 2005 Arnoldo Águila
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Otras obras del autor publicadas o en proceso de publicación o reedición:
La Esencia Humana: Artificio vs. Natura (Filosofía)
La Clave de la Historia: Concreta vs. Marxismo (Filosofía Política)
Serpiente Emplumada (Cuentos: Ciencia Ficción y Fantasía)
K40 (Novela: Ciencia Ficción)
Tiempo de Cosecha (Relatos)
Crisol de Siglas (Novela: Naturalismo Mágico)
ME A (Novela)
 
 
 
 
 
 
A mis hijos, Natacha, Ricardo y Karina, que me pidieron escribiera esta obra que les contaba cuando eran pequeños.
 
 
 
 

CAPÍTULO I
 
 

Aunque no la veía porque ella se encontraba a sus espaldas, la sentía sumada al todo irrepetible: a la derecha, la hiedra y el musgo verdes cubrían un pedazo de muro descascarado, con excepción de su borde superior, que mostraba rajaduras en forma de ríos y afluentes; a la izquierda, un laurel milagrosamente nacido de un pequeño pedregal les brindaba una sombra agujereada; enfrente y abajo, un pequeño abismo que daba a una parte del jardín del castillo; y a último momento se había integrado a este escondrijo el imponderable de una brisa entre húmeda y calurosa que balanceaba las flores pálidas sin alcurnia, de colores blanco, rosado y blanco, y rosado con vetas violetas, que, casi a sus pies, sobre el pequeño saliente desde el que oteaban buscando a sus perseguidores, eran libadas por unas abejas salidas de quién sabe qué misterioso panal. Sentía los largos y delgados brazos de ella que recién lo aprisionaban atrayéndolo hacia unas palomillas acurrucadas de la noche a la mañana en un busto de estreno, y cuya existencia iba el hijo de la cocinera descubriendo perplejo mientras aumentaba la tibia opresión. Ella se sentó sobre sus piernas y a su vez, lo hizo sentarse sobre sus muslos delgados y cándidos.
 
No hagas ruido, no hagas ruido -le susurraba, mientras como una lapa se pegaba, lo llevaba mas atrás hacia la alta pared que ella tenía a sus espaldas, envolviéndolo con el intenso perfume que le era natural, tierno y salvaje. Él llegó a temer, por la severidad del impacto espiritual, que era objeto de una brujería, pero no había mas magia que la del descubrimiento mutuo, que la de la aparición de una nueva dimensión en la vida, pues eran dos niños, hacia once ella y de diez él, no contaminados aún por la reiteración, que es tan ansiada con locura, como degradante.
 
El abrazo intempestivo de la princesita había transportado a Canildo a una región cálida que le era poco usual, a una zona que no visitaba mucho, el país de las caricias, al que no había ido ni recién nacido, pues su madre solo había dejado de trabajar las tres horas del parto, quizás no tanto porque al Rey del Mundo, el Yenín Utzabora, de la Estirpe Exena, le eran imprescindibles los servicios de su cocinera yenina, sino porque Kresmata, alocada como una mariposa, era una madre distinta de las demás, siempre atraída por el misterio de una nueva receta. No era en balde que la cocina del Castillo Imperial era reputada como la mejor del mundo.
 
A pesar de ser hijo de quien era, Canildo desde pequeño había vivido rodeado y vestido de encajes, pues la Reina Nichamendis quería a la que pasaba por su nana y sentía un algo así como si el menos afortunado Canildito fuera su hermano menor. Por otra parte sus dos hijos, Tzarcáver y Djazia, no hacían distingo con el hijo de la cocinera y esto hacía presumir un futuro halagüeño para el que en estos momentos era abrazado en un escondite por la princesa con intenciones que iban un poco mas allá de las del juego.
 
Cuando en el alborozo de la escondidera la turba infantil de la Corte Imperial estaba a punto de encontrarlos, la niña usó el conjuro del Susurro para indicar otro camino y la grey pasó casi delante de ellos sin verlos. Djazia apretó con mas fuerza aún a Canildito, como con un miedo que no sentía, y sí con un gozo extraño de niña que empezaba a descubrir un nuevo mundo de emociones, pues esto no era como cuando abrazaba sus muñecas de espléndidos vestidos, o cuando abrazaba a su madre, que era refugiarse en una dársena. No, esto era algo nuevo que se le quería escapar del pecho para quemar a este muchacho de añitos muy bien aprovechados por el ejercicio diario, su compañerito de siempre, desde niña, que era ya algo muy suyo y de más nadie, sobre todo desde que los pechos virginales habían comenzado a hincharse con la brisa cálida del verano y empezaba toda la corola de su vida a desplegarse con una urgencia imprevista.
 
Canildo sentía extrañeza por la respiración anhelante de ella, porque había algo salvaje en ese abrazo que le gustaba, como le gustaba todo lo de la princesita. Pero aunque el infierno es eterno, la dicha siempre es breve y el mágico momento de un instante imperecedero llegó a su fin tan lamentable como imposible de evitar.
 
Tzarcáver, al parecer insensible al conjuro de su hermana, los había encontrado, lo que dio fin al dulce momento que les sería inolvidable a los dos para toda la vida. El hijo del Rey no se llevaba muy bien con ningún otro compañerito que no fuera Canildo y quizás soportaba algo a su primo Cuasicasio, quien, sin embargo, era el compañero inseparable de Canildo, pues a este último le eran incomprensibles los temas de conversación y la forma de hablar del hijo del Rey, muy diferentes a los del primo, quien poseía un lenguaje original, llamativo, con expresiones que retaban la inteligencia natural del hijo de la cocinera.
 
La Reina Nichamendis los llamaba a todos para las mesas surtidas con todo lo imaginable para la merienda real. Canildito entrevió a su madre que se retiraba hacia el interior, mientras Ginezio, uno de los ayudantes de Kresmata, se quedaba atento al menor de los deseos de la manada de monstruos o de los acompañantes mas añejados.
 
Nichamendis miró con orgullo a su hija escoltada por Canildo y mas atrás por Tzarcáver. "Se está haciendo una mujer. Y será sumamente atractiva. Incluso ese ligero estrabismo la hace mucho mas interesante. ¿Le saldrán estas ojeras mías tan horribles? Tendré que preguntarle a Kresmata."
 
Voy adentro, mami dijo Djazia y se echó a correr sin darle tiempo a réplica.
 
La Reina ni intentó detenerla. En primer lugar con esas piernas tan largas ya debía estar dónde quería y en segundo, Djazia siempre se salía con la suya. La gente acostumbraba decir equivocándose de lleno que había salido a su padre. Era un dicho famoso el que decía que Utzi era mandón desde el nacimiento, que desde aquella ocasión no había querido venir al mundo como todos y le había roto la barriga a la madre y que al parecer la hija iba por el mismo camino.
 
A Nichamendis la había favorecido mucho que el Rey se hubiera encaprichado tanto con la niña, porque ella estaba segura de que Utzabora era el padre indiscutido de Tzarcáver, pero no así el de Djazia. ¡Qué senderos recónditos recorría la vida! Tzarito se parecía, mejor dicho, no se parecía en nada a su padre, eran como el anverso y el reverso de una medalla, que jamás podían entrar en contacto el uno con el otro.
 
Y Djazia... La Reina recordó a Cantarbia, el andar salvaje, la brutalidad de los rasgos, las cicatrices que le deformaban el rostro y le cruzaban todo el cuerpo, los modales de arriero campesino, los eructos salvajes y hasta algún que otro pedo lujurioso. "¡Qué hombre!" Durante un mes había tenido que usar maquillaje hipta y rehuir el contacto físico con Utzabora, lo que ya en aquella época no resultaba tan difícil de conseguir, para que no descubriera los moretones, las desgarraduras y las mordidas de aquella noche salvaje en la que ambos amantes habían arriesgado la vida. Y sin embargo, Djazia no había sacado nada, lo que se dice nada de Cantarbia.
 
Nichamendis intentó localizar a Tzarcáver, pero no lo vio. "No comparte con nadie."
 
Vacinia, su fiel criada, aún atractiva a pesar de la caída de pelos y dientes provocada por la excesiva avaricia en el negocio de atesorar años vividos, le dijo:
 
¿Se ha fijado en Canildito, señora? ¡Qué buen mozo va a ser!
 
El cuerpo atonelado, indicio de buena grasa, las muñecas y manos regordetas, el rostro de manzana pulida, efectos indudables de la buena comida, del ejercicio fuerte y de la pureza, reafirmaban la rotundidez que emanaba el niño.
 
aceptó la reina complacida, y parece que tendrá un futuro bueno.
 
La criada, riendo con la delicadeza de un asno, le dijo:
 
Claro que sí. No digo yo, si la niña que mas mea se quiere comer el jamón.
 
Nichamendis rió alegre.
 
De que se lo come, se lo come.
 
La reina no concebía que alguien se pudiera oponer a un deseo de su hija. "Tiene en un puño al burro que pasa por ser su padre", pensó con algo de vergüenza bajo un aleteo de miedo. "¿Cómo ha sido posible que Utzabora, con todo el poder que tiene nunca haya sospechado o descubierto nada?" Se recordó del miedo que tuvo en aquella época, terror que la empujó a contárselo todo a Kresmata, su fiel nana. A la vieja por poco le da un infarto: "¡¿Pero tú estás loca?! ¿Al Maestro de los Maestros, al Rey del Mundo, tú le has puesto cuernos? En cuanto te vea lo descubrirá, pero, hija, ¿tú no sabes lo que es el microfraccionalismo, el ver el pasado en el presente, en detener el instante y el gesto?" Cuando Kresmata vio el tono verde que asumía el rostro de su protegida y que en él ya comenzaban a virárse los ojos le dio una fuerte cachetada que la hizo reaccionar. "¡Kresmata!" "¡Qué Kresmata ni que siete rayos!... Vamos a ver...hum." "¿Qué?" "Humm..." "¿Qué" "¡Mal rayo me parta! ¡No he dicho nada! ¡Estoy pensando! ¡Déjame tranquila!" Después de unos instantes que a Nichamendis le parecieron siglos, que en eso se basa precisamente la técnica de analizar el instante, la cocinera se puso a trajinar por la cocina, sacando una hierbas y preparando un brebaje. Cuando lo tuvo se lo ofreció a la Reina. "¡Oh, mi querida nana, ¿es una poción mágica que alejará el peligro?" "¡Qué poción mágica ni que siete rayos! Es un té de tilo reforzado con agripalma, apio, cereza, escutelaria, pasiflora y toronjil. Añadí el toronjil porque tu no padeces de la tiroides. Estás muy bien construida para padecer de eso. No, eso es para que duermas como un leño y nada te pueda asustar." La Reina comenzó a beberlo. "No sabe mal..., pero ¿y mañana? No me puedo pasar toda la vida durmiendo." "No soy ninguna tonta. Después que te tomes el té, te voy a ayudar a maquillar con los polvos hiptas, aunque ya noto que lo hicistes, pero por si acaso, y por la noche te voy a untar con ungüento hipócrita... y también por si acaso voy a hacer el conjuro del olvido para que ni te pase por la mente ese recuerdo..." "¿El ungüento hipócrita?... No sé qué es eso." "El Rey..., digo, el príncipe Bertoldo me dio un pomo hace mucho, mucho tiempo... ¿Dónde estará?" "Oh, Kanigua, ¿no sabes dónde está?" La Reina comenzó a desmorecerse, pues a veces la cocinera se demoraba semanas en encontrar alguno de los productos exóticos que coleccionaba como otros coleccionaban monedas. Kresmata ni se dio cuenta del principio de desmayo de su interlocutora concentrada como estaba en recordar dónde diablos había dejado el pote. Kresmata nunca le dijo a Nichamendis que si hubiera resultado alérgica al ungüento hipócrita, que por fin había encontrado en uno de los recovecos de su batilongo, habría muerto hinchada como un sapo. No había por qué atormentarla con esos pequeños detalles.
 
 

*    *    *
 
 

Nadie podía imaginar la proximidad de los cambios que se avecinaban, ni siquiera el Rey Utzabora que despachaba con el sordo Fineso, que era el jefe de su Servicio de Espionaje. Fineso aparecía totalmente menguado por la figura casi gigantesca del Rey, que exhibía en su piel un mapa de verrugas de todos los tamaños y colores, signo infalible de la enorme cantidad de conjuros que había hecho a lo largo de su vida.
 
¿Y bien? preguntó haciendo gestos el Rey.
 
Fineso le respondió con voz alta y aguda:
 
Nada. Lo siento, Alteza, pero no he podido confirmar si están conspirando.
 
Una pausa de análisis.
 
No podemos seguir reconoció a su pesar Utzabora espiando tan abiertamente a una de las tribus mas importantes del reino, no sea que queriendo evitar una traición la propiciemos con nuestros actos.
 
Lo sé, mi Rey. Pero sé que hay algo raro en los manejos del clan Machihuerta.
 
El Rey miró a Fineso pensando si el observado se había vuelto loco, pues era por requerimientos de Utzabora mismo que se había dado comienzo a esta investigación.
 
Inventa otra manera de penetrar o de obtener información al Rey no se le ocurría nada por el momento.
 
No sé, Alteza, Terencio Machihuerta es un degenerado envidioso, pero no lo creo un loco. ¿A ver? ¿Quién es su Padrino? El sapo asqueroso de Vigodo. Y Vigodo no es comida para un picotazo de Catania.
 
Utzabora sopesó la situación y comentó al descuido:
 
Hay que pensar... Ya se te ocurrirá algo. Por lo pronto he mandado a llamar a los Maestros Xenón y Cantarbia.
 
El rostro de Jefe de Inteligencia se iluminó.
 
Quizás Cantarbia nos pueda ayudar en este asunto, alteza.
 
En este instante Utzabora decidió sustituir a su jefe de inteligencia, por dar muy pocas muestras de ella. Cantarbia era un maestro del combate yenín, un verdadero brujo de marca, pero no un hombre de la oscuridad. Xenón hubiera sido el indicado para la sugerencia de su subordinado, porque era un maestro de la actitud, de la energía Chi, del chi yong, del espacio interior. En ese momento no tuvo en cuenta otras posibilidades distintas a la ineficiencia o al mal juicio, pero todo su instinto matrero lo empujaba a deshacerse del gritón de Fineso.
 
Olvídate de eso. Los he mandado a llamar para que entrenen a mis hijos y a sus primos no le dijo que en este caso cumplía con una solicitud de Catania. En este momento recordó al primo de Xenón. ¡El primo de Xenón, Caretio, sustituiría a Fineso!
 
Vete a descansar ordenó el Rey.
 
¿Por qué Catania le había indicado que mandara a llamar a dos maestros de primer orden para la educación en las artes yeninas de sus hijos y compañeritos? ¿Por qué apresurar la iniciación de ellos en el Lago de los Muertos? Sintió un escalofrío. Llevaba años tratando con las Entidades, pero a eso no se acostumbraba nadie. La Presencia de ellas era algo que despertaba los miedos mas ancestrales a las fuerzas primarias y terribles del Universo.
 
El temible Búho pterodáctilo veía mas que él. Catania era sencillamente un pájaro de cuenta. Y por desgracia tenía que complacerlo y tenerlo contento para que cooperara con los Encantamiento Mayores y en la sustentación del poder real, en la sustentación del Rey Exeno, del Rey Yenín, del Rey del Mundo, de él, el gran Utzabora.
 
 

*    *    *
 
 

En la cocina real, mucho mas pequeña pero mucho mas lujosa que la de los otros dos comedores del enorme Castillo Imperial, como en tantas otras madrugadas, pues ambos eran noctámbulos, la cocinera y su obra conversaban.
 
Mira, hijo. No sé si es la buena suerte la que te espera o la mala, pero te sucederá algo o muy bueno o muy desgraciado. Tú eres como hijo de pobre ni siquiera él podía saber el secreto que ella guardaba, pero andas con los hijos de los más poderosos de este mundo y esas amistades te pueden llevar al cielo o te pueden destruir en un instante. Siempre recuerda que lo que esos niños pueden hacer no necesariamente lo puedes hacer tú. Y lo que más me preocupa es como te miran ya algunos, como calculan qué es lo que tú puedes representar en el futuro...
 
Las lágrimas inundaron el rostro de la jorobada. Canildo tuvo deseos de acariciar el rostro a Kresmata, pero tenía tantos granos, verrugas, espinillas tamaño postes y otros tipos de accidentes cutáneos, que temió hacerle daño.
 
Madre, tienes que tomarte una poción limpiadora, tienes la cara que no hay quien te la toque.
 
¿Sí? se sorprendió la cocinera No me explico. No hace tan poco me tomé una.
 
No digas eso, mamá. Hace mas de dos años que te la tomaste.
 
Ay, pero es que me veo tan mal después que me la tomo. Parezco una Maga Blanca toda planchada, sin arrugas, sin verrugas, sin granos, la piel asquerosamente lisa y limpia. ¡Buag!
 
Es que a ti se te va la mano en todas las recetas. Siempre se te va la mano en el ingrediente mas fuerte.
 
Eso mismo me decía Cir..., una amiga, una cocinera yenina también.
 
El Rey también está de madre.
 
¿Qué dices?
 
Que hace falta hacerle una limpieza al Rey también.
 
Ese sí que me la pide a cada rato. Imagínate, siempre está conjurando a alguien, siempre está jorobando la pita y sobre todo, cuando se mete en algún embrollo de altura con Catania y todo eso.
 
¿Y por qué los Magos Blancos, digo lo que he oído, porque nunca he visto uno, son tan planchados de piel y a veces, dicen, que les sale negra, mulata, amarilla y no sé si de otros colores?
 
Es la receta..., este, qué digo, el Lago Blanco. Todas las tribus de los magos blancos rodean ese Lago, y son unos valles muy fértiles, pero todos tienen un producto parecido a uno de los que tiene el Lago San Albán, pero mucho mas fuerte, y ese producto les mantiene así con esa piel tan planchada y estirada, sin expresión ni rugosidad, sin vida propia. creo que ese producto es el que facilita que sean tan dogmáticos que se crean tan mejores, tan distintos, ay tan de no sé qué, y se tiran los mismos flatos que cualquiera.
 
No me gusta que hables así.
 
No sé por qué eres tan remilgado.
 
No sé. No me gusta.
 
Pues si te disparas a Djazia vas a estar escuchando flores toda tu repuñetera vida.
 
Djazia no habla así.
 
No hablará así delante de ti, pero ya verás.
 
Además, ella es de la familia real y yo no. Ella puede hablar como le dé la gana.
 
De eso hablábamos al principio. Tú entrarás en la familia real, eso lo ve hasta el bizco de Tzarito.
 
No hables así de él.
 
¿Pero qué te ocurre hoy? Aquí el que no es bizco, es zambo, o estrábico como tu princesa, que nadie sabe a dónde carajo mira, o jorobada como yo, esto es tierra yenina con sabor a salsa del Lago de los Muertos, condimentada con toda la porquería que tiene la Vida Real.
 
Vamos a dejarlo ahí... Dime, ¿y cuál es la diferencia entre la Magia Blanca y la Negra?
 
No le veo ninguna. Los Magos se pasan diciendo de la pureza y de la moral y se tratan de basar en el Lado de la Luz, y la Negra, se basa en la Sombra, pero en esencia es lo mismo, porque, dime, ¿tú puedes imaginarte la Luz sin Sombra?... ¿Verdad que no? Y a la hora de traicionar, de asesinar o de emboscar lo hacen igual que todos. Mira, cuando lleguen los Maestros aprovechas y les preguntas.
 
¿Los Maestros? ¿Qué Maestros?
 
Por este peligro Kresmata no hablaba casi nunca con su hijo, porque cuando se destapaba a hablar lo hacía más de la cuenta. Algunas lágrimas brotaron de sus ojos, por una infección que se los tenía comidos.
 
No llores, mamá.
 
Kresmata aprovechó la casualidad.
 
Ay, mi criaturita. Tú estas en el camino del poder y por el poder el hombre mata, miente, hiere, destruye. muchos desearan tu muerte, porque el poder te prefiere, corazoncito...
 
Nadie se come el pan de mañana. Tú misma me has dicho que hay que ver donde se ponen los pies para no tropezar.
 
Descansa, mi muchachito, duerme.
 
Y tú, que ya queda poco para que te levantes para trabajar como un animal.
 
 

*    *    *
 
 

El Rey recordó cuando conoció a Nichamendis... y a Kresmata. A veces se había dicho a sí mismo que mas apreciaba el haber encontrado a una verdadera cocinera yenina que a su esposa. "Esposa puede ser cualquiera, cualquiera te puede dar hijos, pero ya no quedan cocineras de la vieja estirpe, descendientes de aquellas que aprendieron el arte de la cocina de las Abuelas. En todo el reino yenín no hay mas cocineras de la vieja escuela. Y en el mundo ya quedan pocas... Hay en algunos principados merlos y en algunos reinos de las Umanadas, ni Blancos ni Orcas ni Hiptas..." Se estremció al recordar lo que él en persona había experimentado con la cocina Hipta. "La cocina mas bella del mundo y sin embargo, la peor. No sé cómo pueden vivir allá."
 
En aquella época el Consejo del Reino, formado por los demás reyes yenines y él, doce reyes que representaban a las doce tribus yeninas, tenía todavía un pequeño poder y le habían planteado la necesidad de que formara familia. La exigencia era razonable, pero la juventud de su quinto miembro lo impulsaba a penetrar impetuoso por todas las rendijas a su alcance a veces desvastando recintos acostumbrados a normas menguadas, a veces rompiendo sellos indefensos o equivocándose de cuarto.
 
De forma inexplicable la conquista de Nichamendis, a pesar de resultar ella toda una desconocida en el pueblo fronterizo de Xaca, fue trabajosa y en el último preloguémono fue invitado a la mesa servida por Kresmata. Aquella comida fue memorable, porque aunque había oído hablar de la cocina yenina, no la vulgar acostumbrada en toda la nación de la que era Rey, sino la original verdadera, la que descendía por tradición de las cocineras al servicio de las Abuelas, nunca antes la había degustado. Esta cocinera tenía que ser suya. "Desde hoy estás a mi servicio, cocinera. Serás la cocinera del Rey del Mundo." "Muy halagador, mi Rey, pero ¿qué será de mi protegida?" Utzabora se dio cuenta de que tenía una urgencia que resolvería de inmediato. Se levantó de la mesa y casi se la arroja encima a Kresmata y a Nichamendis, sin usar los brazos y sin haberla tocado con las rodillas, los muslos o los pies. Kresmata bajó la vista y no pudo detener un gesto de asombro. La protegida tenía la cara roja y no opuso resistencia cuando él se le acercó y la tomó por el brazo para llevarla a la habitación cercana. Uno de los escoltas se acercó y al oír los ruidos se sonrió y por un si acaso se acercó a Kresmata. La carta mas que tener el sello normal estaba lacrada y tuvo que esforzarse para liberarla. Sin embargo, la capacidad era la adecuada para albergar su correspondencia que entraba y salía con apremio, pero sin peligro de ruptura. El detalle que mas lo impresionó fue la temperatura del buzón que alcanzaba al rojo vivo y que lo hizo sudar tres veces a pesar de ser el buzón de estreno. Utzabora descubrió el secreto justo cuando había acabado y se dirigió enojado adónde estaba Kresmata. "Me han engañado como a un imbécil." "Tú no das mucho tiempo para la conversación", le contestó Kresmata tranquila. El Rey hizo salir al escolta para poder hablar con libertad. Y Kresmata pasó al ataque de inmediato: "Míralo de esta forma: tú necesitas una reina, mas que nada para tener hijos; tú estás en contacto con los entes mas terribles del mundo, con las Entidades, y tú sabes que ellas tienen un poder terrible, poder que necesitas, pero que también deberías temer: ¿no sería mi niña una fabulosa adquisición si las cosas te fueran mal con alguno de esos monstruos?" "Una cosa como esa no se puede ocultar." "No hay nada imposible para el Rey del Mundo." A pesar de su juventud Utzabora estaba cansado. "Ninguna de las dos podrá salir de aquí." Y el joven Rey se fue al Castillo de la Gobernación. La decisión del Rey fue casarse. Contentaba, aunque no del todo, al Consejo del Reino, tendría hijos, un as en la manga escondido contra Catania o cualquier otra entidad y, sobre todo, una cocinera yenina de verdad. Es cierto que en muchos caso el amor entra por la cocina y éste fue uno de ellos.
 
 

*    *    *
 
 

En el castillo de los Machihuerta, Nako, el Espía, que era tan flaco que no tenía que ocultarse para espiar, le informaba a Terencio sobre la marcha de la conspiración en la recámara del Rey de Machihuertia en el Castillo de Nazín, la capital de la provincia yenina.
 
Fineso le informó del fracaso de la operación a Utzabora.
 
Y ¿que dijo la Bestia?
 
Sobre el particular nada, que descansara que ya se le ocurriría algo.
 
¡Qué imbécil!
 
Se reían porque el jefe de la inteligencia del imperio, Fineso, que se fingía sordo, estaba comprometido en la conjura.
 
¿Y no hay otra cosa?
 
Bueno, le informó que traería a Xenón y a Cantarbia.
 
El rostro de Terencio se ensombreció. Empezó a darle vueltas a una esquina del largo mostacho que se extendía tras el rostro extrapanorámico marcado con una eterna sonrisa sarcástica.
 
¿Para qué?
 
No se preocupe, amo, para darle clases a los muchachos.
 
¡Qué casualidad! Después de la cita con Catania.
 
¿Qué dice Zipur, el Guardián, de esto?
 
Nako puso una expresión de hastío en su entrenado rostro y le contestó:
 
Se lo comieron hoy.
 
Caramba, que no hay un cabrón Guardián que dure un comino. ¿Quién se lo comió?
 
La puerca de Zengolia.
 
¿Zengolia? No es de extrañar, siempre ha sido una halaleva de Catania?
 
Zengolia lo único que sabe hacer es eso.
 
Nako, Nako, tenemos que tener el próximo Guardián de nuestra parte.
 
Que se vaya a la porquería el Guardián, para lo que duran en el cargo da lo mismo.
 
Nako, la política de los yenines se refleja en la política del Santuario y viceversa. Sal corriendo para que todos los propuestos sean nuestros.
 
Nunca he visto fortuna mas mal gastada.
 
Terencio lo miró con fijeza y el otro comprendió de inmediato que se había propasado.
 
Ya salgo para allá, mi señor.
 
Terencio no se sentía tranquilo. Sabía que estaba arriesgando el pellejo. La imagen del Sapo Cornudo le golpeó la cabeza y le encogió el corazón. "Sé que me apoya. Sé que no me abandonará." Pero ¿y el Búho? El Búho era el que mandaba en estos momentos. "La suerte mía está unida a la de Vigodo como la de Utzabora a la de Catania." Como hombre no temía a Utzabora, pero las Entidades ya eran otro asunto.
 
 

*    *    *
 
 

Tzarcáver no dormía.
 
Tzarcáver velaba.
 
"Los Monstruos se remueven en sus celdas."
 
Y los Vió.
 
Vió el enorme Santuario construido por Exén.
 
"Exén si los entendía. Antes de crearlos hizo la Prisión, con sus celdas y sus murallas de Piedra Proto. Sólo después de tener donde encerrarlos empezó a usar la receta robada a las Abuelas."
 
Había algo que no entendía.
 
"¿Cómo es posible que las Creadoras fuesen tan estúpidas? ¿Cómo hicieron una receta en la que intervenían ellas mismas como ingrediente?"
 
Las leyendas, pues nadie creía en la certeza de las historias, afirmaban que las Abuelas habían creado los vegetales y todos los seres vivos.
 
"Pero ¿y a las Abuelas quién las creó?"
 
No había ningún libro, ni había oído nunca nada sobre eso. "Bueno, sí, hay un comentario de Cirnelda transcripto por Exén sobre los Protónicos, pero sin ninguna aclaración", recordó Tzarcáver.
 
"Kanigua, que no es el Zabastán que ustedes han inventado, sino el Principio Creador Femenino, dio lugar a los Protónicos. Zabastán es un principio opuesto pero un principio no creativo, sino inercial, masculino", le había dicho Cirnelda a Exén. "Los Protónicos, tres en lo que respecta a nosotros, crearon las Doce Abuelas."
 
Tzarcáver tenía miedo.
 
Tenía miedo a las Entidades.
 
Nadie creía en Kanigua, bueno, con la excepción de las Orcas, y a ellas nadie le hacía caso. Eran las apestadas del mundo. "En cierto sentido me dan lástima", pensó el hijo del Rey, el que perdería el nombre, "pues no tienen amigos, todos las odian, muñecas bailarinas les dicen. De los Protónicos nadie sabía nada, pero de Zabastán sí se sabía. Él era quien tocaba el Arpa Universal. "Zabastán sí existe. Yo soy capaz de sentir La Cuerda."
 
Las Abuelas ya no existían. "Exén las traicionó. Derrotó a ambos, a los catánicos y a las Abuelas y creó esos seres amorfos que nadie sabe qué son, mitad catánicos, mitad abuelas, sin las características originales, algo nuevo e incomprensible.
 
Tzarcáver recordó lo que el Maestro Zimón le había dicho una vez: "¿Qué son las Entidades? Ni Exén lo supo nunca. Esa es una receta de las Abuelas y ni ellas sabían a derechas lo que hacían. ¿Cuántas criaturas fallidas no hemos visto por ahí, monstruos sin calificación y descendencia? ¿Tú crees que haya una criatura razonable que fabrique seres de su propio excremento? Pues eso hizo Cirnelda y te aseguro que esos seres son lo mas mierda que te puedas imaginar, ¡y apestan! ¿Y los Catánicos? Sádicos, criminales, terribles. Es cierto que Exén conquistó el mundo apoyándose en las Entidades, pero éstas reclamaban y reclaman cada vez mas poderes."
 
Zimón hizo una pausa y miró a todas partes antes de continuar:
 
"Antes, en la época de Exén y de los Primeros Reyes, las Entidades no podían salir del Santuario, ni actuar directamente, pero ya lo hacen."
 
El joven se estremeció.
 
Zimón le dijo en voz baja: "Ahora llaman a ese fenómeno "La Presencia". Un nombre sofisticado para cuando actúan a distancia. Y por otra parte, no permiten que exista en el Santuario un verdadero yenín, un Maestro, no señor. Sólo permiten peleles que sirven de bocadillos para los verdaderos dueños del imperio: las Entidades."
 
 

*    *    *
 
 

A pesar de lo tarde que era, pues ya casi amanecía, Cuasicasio, el hijo del hermano del Rey Yenín, era testigo imparcial y premeditado a través de la rendija de la puerta del baño, que por casualidad planeada no podía ser cerrada del todo, de como Mirta, la criada que lo atendía, se bañaba desnuda mirándose a sí misma en un espejo y ratificando de soslayo la presencia testicular. Por otra parte, se comenzaba a notar que el pantalón del esforzado observador científico estaba quedándose estrecho ante el abultamiento progresivo de los doce años de edad. Por desgracia, la comparación del contraste existente entre las espaldas de la joven de dieciséis y el resto mostrado de vez en vez como al descuido planificado, llevó a la transformación del testigo, que decidió morir como tal en un curso de acción no tan imprevisto.
 
No sólo el joven murió como testigo, sino que renació como artista. Es cierto que hay momentos en la vida en los cuales se determina el rumbo futuro, la vocación, lo que en definitiva va a ser la persona. Y justo en este momento pensó que decidía su vida: sería un artista del pincel.
 
Empezaría por pintar a esta joven.
 
Desnuda, por supuesto.
 
Sin pensarlo dos veces entró al baño para explicarle a Mirta que la iba a inmortalizar. No le preocupaba nada. Mirta era miembro de la servidumbre. Aquí en la Corte se estilaba en la servidumbre el multioficio y la moda unisexo. El mismo Utzabora no reparaba en detalles de poca monta. Su padre, otro tanto, sobre todo desde la muerte de la esposa, la madre de Cuasicasio. Ya era hora de que él continuara y engrandeciera la tradición familiar. Salió en seguida del baño confundido con los cachetes rojos por las bofetadas.
 
Seguro que Mirta no había entendido.
 
Entró de nuevo para explicarle.
 
Al principio encontró la misma resistencia, hasta que empezó a hablarle a la joven sobre la ecuación de la vida. Le mencionó la ley biológica de la supervivencia del mas fuerte. Lo del pez grande que se come al mas chico. Y terminó con la lógica verdaderamente aplastante de La Ley del Poder.
 
Cuando la joven quedó desecha ante la pulcritud lógica de las amenazas se puso a llorar. A Cuasicasio le dio pena y trajo los artilugios de pintor que alguien le había regalado una vez y que en dos años no había tenido tiempo de estrenar y comenzó a tratar de pintarla, mientras la muchacha se lamentaba interiormente por habérsele ido la mano.
 
Desde luego que él no había querido nunca jamás abusar de la diferencia de posiciones sociales.
 
"Claro que no", se engañó a sí mismo.
 
Desde luego que ella nunca había provocado al muchacho.
 
"Claro que no", se engañó a sí misma.
 
 

*    *    *
 
 

Kresmata miró a Canildo y pensó: "¡Cuánto ha crecido!"
 
Recordó cuando apenas hacía unos años le había enseñado a usar el batilongo, la prenda de vestir por excelencia de la nación yenina. "¡Canildito! ¡Deja de jugar ya!", gritó Kresmata. "Está bien." "Debes aprender bien el uso del batilongo." "Pero si es fácil, mamá." "¡No tiene nada de fácil! Yo me demoré muchísimo en aprender a usarlo. Hasta te puedes perder en él. No es una prenda como la que usan otros pueblos. El verdadero yenín nunca lleva equipaje. Todo lo lleva en su batilongo que no se llena nunca y donde nada pesa. Incluso hay quien ha entrado mal y ha tardado cinco días en salir de la prenda."
 
 

*    *    *
 
 

Utzabora estaba nervioso, cansado.
 
Había algo en el ambiente. Él no sentía La Cuerda, pero tenía muy buena intuición.
 
Le dolió el poco caso que Catania le había dispensado a su hijo Tzarcáver, pero su agudeza política le hacía coincidir con la Entidad acerca de que su hija Djazia tenía mejores cualidades para heredar el reino. Si hubiera habido la menor posibilidad de que Tzarito no hubiera sido su hijo hubiera abrigado sospechas de que no lo era, tan diferentes que eran los dos, pero en aquella época inicial el Rey no dejaba a Nichamendis ni a sol ni a sombra. Sólo después del primer parto perdió todo interés en su esposa y ni lograba acordarse cómo se había reunido con ella de nuevo para lo de Djazia.
 
Si el nombramiento de Djazia se perfilaba como la mejor posibilidad para el clan..., entonces habría que evitar una lucha por la sucesión, que le daría la oportunidad del triunfo a los clanes rivales y eso significaba el desplazamiento preventivo del hijo postergado, quizás hasta un desplazamiento irreparable..., o un conjuro de Sometimiento. Lo sintió por el muchacho, pero la Alta Política era una política en general muy baja.
 
Había personajes en el Consejo del Reino que pensaban que el Santuario jugaba un rol demasiado importante en las decisiones del Imperio, y fuera de él, grupos como el de los Maestros. "¡Qué idiotas! No tanto en las decisiones, pero sí en el mantenimiento del Imperio. Sin el Santuario, sin las Entidades, no habría Imperio. Los Blancos se independizarían. Los Hiptas lucharían por el control, bueno, como lo hacen siempre, y el Imperio se desmembraría en luchas internas."
 
Pensó en Canildo. A sus ojos no se ocultaba el brillo de los ojos de Djazia. Habría que darle una oportunidad al muchacho. Lo incluiría en las clases de la corte. Quién sabe. Quizás alguien de origen plebeyo fuera el consorte heredero de su reino. Tendría que averiguar quién era el padre, pues ese era un secretillo que no sabía. "Creo que Kresmata y yo..., no, nunca. Caramba, a esa bruja no hay quien se la coma."