CAPÍTULO II
Tzarcáver estaba leyendo cuando el tañido del Arpa lo lanzó al piso seminconsciente. Nunca había sentido nada parecido.
* * *
Utzabora había heredado un reino tranquilo que poco a poco se había ido tornando en un reino ingobernable. Los Astrólogos Yenines, encabezados por el creativo Asper, por cierto, ya amenazado por el yenín a ser descabezado, trabajaban más allá de lo normal a pesar de que la paga seguía siendo la misma. Todo con tal de no aceptar lo que el aprendiz Padiota había asegurado desde el principio:
Se avecinaba un Cambio de Era. Pero nadie quería creer tal calamidad, o por lo menos, nadie quería decírselo al Rey Utzabora. El cambio era sencillamente el Apocalipsis del "status quo" y ningún clan dirigente había sobrevivido a un cambio de tal naturaleza, fueran las Abuelas, fueran los catánicos. Muchos pueblos enteros perecían también. El mundo era de una forma antes del Gran Cambio, y después del Gran Cambio resultaba en otra cosa. Ni mejor ni peor, sencillamente distinto.* * *
Tzarcáver le preguntó a Zimón:
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Caretio, que trataba de disfrazar el rostro de rata dinosaúrica que le iba quedando de sus transformaciones yeninas, fue llamado a la presencia del Rey, el que lo recibió algo maquillado o disfrazado en una especie de mezcla entre cocodrilo, escorpión baboso y algo de ser humano y le entregó una lista de cuatrocientas páginas escritas con letra menuda.