CAPÍTULO III
 
 
¿

Que el dieciséis es el cumpleaños de Djazia?
 
Utzabora, todavía muy animalizado, graznó algo mas que Nichamendis no entendió.
 
Me lo imaginaba. Te has olvidado como siempre. Por eso ya cursé las invitaciones y lo estoy preparando todo por mí sola.
 
El Rey se quedó de una pieza.
 
No podía esperar demasiado para ejecutar la operación "Profilaxis", no fuera a ser que lo madrugara Terencio.
 
Pero si suspendía el cumpleaños tal vez fuera peor.
 
¿Por qué te quedas callado? ¿Qué estás pensando?
 
¡Cómo si él estuviera loco y lo fuera a contar todo! Recordó cuando se casó con ella. Era de temperatura alta la doña y fue capaz de asimilar completo el amor que él le prodigó de naturaleza abundante, pero lo que le había llamado más la atención en ella eran los ojos vidriosos, cataráticos, y las ojeras profundas, tiznadas y estriadas. En aquella época él sentía sobre sí la garra demasiado opresiva de Catania y después de descubrir el secreto de Nichamendis se le había ocurrido tenerla cerca y comprometida de por vida por si alguna vez tenía que oponerse con mayor entusiasmo a su Padrino. Toda aquella época en estos momentos le parecía tan lejana, y sin embargo, su previsión se mostraba aún vigente: si se producía de todas formas el Cambio de Era quizás la maldita Catania y el Mundo recibieran una sorpresa descomunal.
 
Utzi, ¡contéstame de una vez!
 
Mujer graznó casi ininteligiblemente, déjame pensar.
 
¿Pensar? ¿Qué cosa vas a pensar!
 
Cada vez tenía menos control sobre la autotransformación. ¿Quién diablos la habría inventado? Había leído no sabía donde sobre un tal Boronilla. Y desde luego, un hombre de la talla de Exén no habría inventado algo tan torpe y mediocre en lo que respecta a la efectividad.
 
En teoría la "capacidad autotransformativa de los yenines" incrementaba la fuerza de todo conjuro y obviamente la fuerza física, pero los dos defectos que se le aparejaban eran tan grandes que invalidaban en mucho la ventaja. Por un lado el yenín con el uso iba perdiendo el control tanto de la aparición del efecto como de la desaparición. Y por otra parte él notaba que la capacidad intelectual disminuía.
 
... no me explico como una te habla y te habla...
 
Era bastante similar a lo que ocurría con los apadrinados con el uso de su brazalete: a medida que llamaban al Padrino para pedirles algo que no podían alcanzar con un conjuro normal, se establecía una mayor dependencia y una mayor obligación de corresponder a las peticiones de la Entidad.
 
...y doy por supuesto que no irás a asistir al cumpleaños de Djazia en esa facha de cocodrilo escorpiónico de circo, que es lo que pareces cuando te pones el traje así...
 
Y llegaba el momento en el que no se sabía si era uno quien usaba al Padrino o era el Padrino quien lo usaba a uno.
 
Llama a Kresmata escupió entre dientes.
 
¿Que llame a quién?
 
Kresmata.
 
Kres... el rostro se le iluminó a la Reina ¿Vas a hacer dieta? y mandó a llamarla de inmediato.
 
La vieja bruja jorobada llegó a saltitos y empezó a hablar sin parar.
 
Oh, mi Rey. No presentas buen aspecto. Te estás alimentando mal. Comiendo Zabastán sabe qué cosas la mujer le meneó el dedito sin darle importancia a que ella era la única persona en todo el planeta que le podía hacer eso al gran Rey del Mundo. No comas carne cruda. Mira que te lo he dicho veces y... mucho menos sesos. Los sesos son saludables, pero esos astrolocos debían de tener mas agua que otra cosa, y mil porquerías, pero bueno, si al menos hubieran estado preparados y cocinados con salsa de escorpiones... y sin más comenzó a palparlo, a tocarle el cuerpo sin miramiento alguno y vaya fuerza que tenía la vieja bruja.
 
"Esta sí es una cocinera yenín de la vieja estirpe", pensó.
 
El Rey tenía médicos en el reino, pero no para que lo atendieran a él.
 
Ay, cambios y mas cambios. Ya tienes cambios muy definidos. La carne humana, tu basamento, ya está transformada en muchos sitios en carne de reptil y en quitina y de manera permanente. Lo siento, mi Rey. Llevo años advirtiéndote. No sigas transformándote que eso no lo necesitas. No sé qué le encuentran a eso cierto yenines. Ciertos yenines, porque tú sabes que los Maestros están opuestos a esa transformación y al contacto con los padrinos.
 
¿No se puede hacer nada? gimió Utzabora.
 
Kresmata, quien en todas las oportunidades anteriores, después de la perorata lo había sacado de ese estado, le contestó con llaneza.
 
Esta vez se puede hacer muy poco.
 
Hubo un silencio de muerte. Había llegado el momento que siempre la vieja le había pronosticado, pero que nunca se había hecho realidad.
 
Kresmata se sintió incómoda. Ella no lo podía todo. Para ciertas cosas no había recetas... todavía.
 
Humm dijo.
 
¿Qué, qué? dijo Utzabora.
 
Humm.
 
¿Qué?
 
Que dije humm estalló la cocinera.
 
Empezó a buscar por los innumerables bolsillos de su anchísima bata color quién sabe.
 
"Lo que saque de ahí se lo dispara un toro", pensó el Rey, pero después rectificó con tristeza: "O un cocodrilo."
 
Aquí está había encontrado un pote enorme.
 
¿Qué es eso? preguntó con temor Utzi, mientras Nichi se sonreía ante la debilidad del poderoso señor y marido.
 
Ácido en ungüento. Un limpiacarne.
 
Pero..., ¿duele mucho?
 
Kresmata lo miró con fijeza.
 
Arde como un carajo. Duele como si se te apretara las bolsas repletas. Y vas a sangrar como un toro que lo abrieran en dos.
 
Las escamas del Rey se volvieron traslúcidas. Sabía que la vieja cocinera no exageraba.
 
A Nichi le faltaba poco por reírse.
 
Utzi tragó en seco.
 
¿No es mucho sacrificio para lucir un poco mejor nada más?
 
Mira, Utzi, el asunto no es tan sólo un problema de apariencias. Lo que tienes, conjuro aparte, ya es una enfermedad que te irá afectando poco a poco el cerebro y dentro de poco habrá que impedir que te metas en el río Urfal y no quieras salir nunca más. No te voy a curar. Creo que te voy a mejorar bastante, pero es la única solución que veo para que vivas un poco mas de tiempo de manera normal.
 
El Rey dio unos pasos intranquilo.
 
¡Ah! Se me olvidaba remató Kresmata. La cosa se jode si vuelves a cambiar. La próxima vez ni con esto podrás mejorar.
 
¡Pero Kresmata si ya no puedo controlarlo!
 
La vieja bruja se encogió de hombros.
 
Te puedo preparar algo para los nervios..., algo con pasiflora, agripalma y escutelaria.
 
Nichi se impacientó:
 
No me vas a decir que tienes miedo.
 
¡Miedo yo? aulló colérico Utzito ¿Yo?
 
De pronto se dio cuenta de que sí. De que tenía miedo. Y eso le dio mas rabia aún.
 
Dachlegh.
 
¿Qué? preguntó Nichi.
 
No es contigo graznó el Rey. Procede Kresmata.
 
Eso no es así como así. Hay que preparar una mesa, te tengo que amarrar...
 
¡Amarrar! ¡Eso si que no!
 
Eso sí que sí dijo imperturbable la vieja.
 
Que no.
 
Que sí. No voy arriesgar mi vida dejándote suelto mientras te quito cincuenta libras de carne de arriba.
 
Utzabora dijo:
 
Entonces tendré que llamar a mi Padrino para que me cuide.
 
Si llamas a Catania saldré corriendo y tendrás que buscarte a otra.
 
Nichi se había vuelto para tratar de controlar la risa, pues ya había asistido a otras escenas similares y le causaba una hilaridad tremenda ver al gigante de su marido, el Rey del Mundo, inclinar su testa ante la abuela que la había criado, amparado y protegido a ella; su fiel nana.
 
Pero después cuando llegó la operación tuvo lástima de él, pues fue terrible. Tan terrible que cuando Utzi le dijo a Kresmata que no le hiciera lo mismo con la cola ella misma intercedió a favor de su esposo.
 
Está bien . Lo esencial estuvo en la cabeza, pero si te voy a echar algo para encogerla. Está demasiado grande.
 
La Reina se rió y dijo:
 
¡Con lo que me hubiera hecho falta los primeros días!
 
Utzabora no rió la gracia.
 
 

*    *    *
 
 

Días después salía la Reina con Vacinia del despacho Real y se encontraron con dos figuras muy distintas; una, de un hombre calvo de ojillos pequeños, casi como cabezas de clavo, con un ligero bigote y de estatura normal; el otro, una figura imponente, barbudo, peludo, fornido. El corazón de la Reina se estremeció al reconocer a Cantarbia.
 
Saludos, mi Reina dijeron los Maestros a dúo como si lo hubieran practicado toda la vida.
 
Saludos... contestó Nichamendis Espero que sean bien atendidos.
 
Tal como se acostumbra... empezó el calvo, el Maestro Xenón.
 
...en el palacio de vuestras altezas continuó sin dilación el gorila, Cantarbia.
 
Espero tener la dicha de que coman algún día con nosotros. Creo que el Maestro Xenón no ha comido nunca nada cocinado por Kresmata.
 
En efecto, mi señora, no he tenido nunca ese privilegio le contestó el calvo. Pero mi amigo, el Maestro Cantarbia, si lo ha disfrutado y así me lo hecho saber.
 
A Cantarbia le importaba un pito la cocina de Kresmata o la de cualquiera, pero apoyó con la cabeza y una sonrisa lo dicho por Xenón mientras el corazón le latía doscientas veces más rápido ante la imagen de la Reina.
 
Nichamendis se despidió de ambos y continuó su camino.
 
Xenón había descubierto en ese breve intercambio, no por Cantarbia, un bruto, pero en definitiva un Maestro, sino por ciertas sutiles expresiones de la Reina, que había habido algo entre Nichamendis y Cantarbia. Y si él había notado eso, también el Rey podría, por lo que había que a toda costa evitar la presencia simultánea de los implicados.
 
Ambos fueron introducidos en el despacho y sufrieron una desagradable impresión ante el aspecto del Rey, sobre todo cuando le notaron la cola.
 
No luzco bien, ¿verdad?
 
"¡Diablos!, sigue tan claro como siempre", pensó Xenón temiendo por su amigo.
 
Conocemos los efectos de la autotransformación... dijo Cantarbia.
 
...y sabemos que resulta difícil regresar indemne terminó Xenón.
 
Por favor, desconéctense un rato le solicitó con expresión cansada el Rey Me gustaría hablar con dos Maestros y no con una unidad de combate.
 
Los dos Maestros asintieron.
 
Ya ustedes conocen para qué los he llamado. Quiero que preparen a mis hijos, a varios primos, e incluso al hijo de Kresmata..., de mi cocinera, para que sean maestros yenines. Esta misión les será aclarada mas adelante, pero tiene que ser una preparación muy buena y por eso mandé a llamar a los mejores.
 
Un poco de elogio estaba contemplado en el arte de gobernar. Había pensado en Gudón, el Sordo, en Zimón, en Star, pero en este caso la fidelidad era primordial y tanto Xenón como Cantarbia eran Exenos, y los otros, no.
 
Lo dos maestros asintieron, pero no dijeron nada.
 
Hagan una preparación ligera antes del cumpleaños de mi hija y luego tienen toda la potestad que ustedes deseen sobre los alumnos. Luego me avisan para cuando ellos puedan iniciarse con el baño en el Lago de los Muertos.
 
El Rey dudó una fracción de milisegundo y sonrió:
 
Perdónenme las vacilaciones, no todos los días trato con expertos microfraccionalistas. Pienso usarlos en otra misión de alto vuelo, pero todavía no lo tengo decidido. Cuando lo haya hecho, sin duda los llamaré para informarles. Por lo pronto alójense... se detuvo al observar algo inobservable en Xenón ¿Sí?
 
Quisiéramos ver algunos sitios adecuados para el proceso ulterior de entrenamiento...
 
Y por eso no desean cobijarse en el castillo imperial.
 
Ambos Maestros asintieron.
 
Como deseen.
 
Sin otra palabra Xenón y Cantarbia se levantaron y salieron.
 
 

*    *    *
 
 

Al día siguiente comenzaron las clases especiales para los hijos del Rey, para otros vástagos de alcurnia, y para la excepción Canildera. Ese día los niños que transformarían el mundo conocieron a los maestros Xenón y Cantarbia.
 
Cantarbia fue el primero en hablarle al grupo de doce muchachos que miraban arrobados su gran capa, sus herrajes, condecoraciones, cuchillos, hacha, espada: todo en él era grande, arrollador, atronador como su voz.
 
¡Ustedes han nacido hoy, niños! Ustedes no sabían nada de nada y hoy nacen a la vida yenín! No hay nada como el camino Yenín. Olvídense de lo que han escuchado de Merlín y de la magia Merla, de las Piedras Hiptas y de los Egiptólogos se rió de lo que creía un chiste al haber sustituido el término correcto de Hiptólogos. Olvídense también de los Blanquitos engreídos y sobre todo y sus ojos echaron chispas de odio de las putas Orcas y de sus ojos afiebrados, esas muñequitas de tizones bailarines fabricadas por las Abuelas para destruirnos.
 
Un estremecimiento recorrió al grupo a la mención de las Orcas, las terribles brujas que destruían con la vista los cuerpos y que por lo tanto impedían que los yenines descansaran en el Lago de los Muertos, y de las terribles y míticas Abuelas.
 
No teman, mis muchachitos, les enseñaré a combatir a esas pájaras voladoras. Todo lo que hay que hacer es perseguirlas sin tregua para que levanten vuelo, una vez en el aire se les escupe fuego o se le tiran cosas para que no puedan aterrizar o mirar con comodidad. Atentos: no se les puede dejar tranquilas, pues si les das tiempo suficiente se concentran y te Miran, y ya ustedes han oído hablar mucho de la Mirada Orca, pero si no las dejan tranquilas estas brujitas no pueden disparar el odio de su vista y además no pueden estar mucho tiempo en el aire, por lo que pueden terminar desnuncadas.
 
Xenón se encontraba al lado de él y no hablaba. Vestía un sencillo mono negro sin insignia alguna y solo miraba uno a uno a todos los muchachos. Esto siguió así hasta que las miradas del maestro y de Cuasicasio se encontraron. Xenón miraba a Cuasicasio sin inmutarse y fijo, y Cuasicasio le contestaba mirándolo sin inmutarse y fijo. Djazia estaba arrebatada por Cantarbia, por esa figura enorme de fealdad extrema, que le recordaba los peores momentos de su padre. Tzarcáver intercambiaba miradas furtivas con el espacio vacío circundante. Y Canildo estaba recordando algunos pasajes del "Libro secreto de armas yenines" que el Rey Utzabora le había dejado hojear porque él era tan sólo un niño de seis años incapaz de comprender lo encerrado en ese Libro, del cual sólo había tres ejemplares conocidos en el mundo. Canildo sólo necesitaba "ver" por un segundo una hoja para recordarla para siempre y él había hojeadovisto todo el libro, libro por cuya posesión habían muerto mas de ciento quince personas. Muchas páginas se encontraban literalmente embebidas en sangre y la restauración sólo había llegado al límite de hacerlas legibles. Canildo sólo había identificado en dos años 18 de las 719 armas registradas en el libro y con la sola presencia de Cantarbia había identificado 15 más. El muchacho pensó que era seguro que Cantarbia era un soldado de batallas, con amplia experiencia, que había sido explorador, espía, y guardaespaldas. Las instrucciones que daba y la manera de comportarse de este maestro le indujo a desear el dominio  del arte de la guerra directa, de la lucha cuerpo a cuerpo, del arte militar. Sí, tendría que aprender mucho de este notable guerrero.
 
Cantarbia después de haber organizado los turnos de clase y demás dio la orden de dispersarse y tuvo que halar por un codo a Xenón que seguía mirando sin parpadear a Cuasicasio. Canildo lleno de felicidad se marchaba mirando a todas partes buscando a Cuasicasio, pero casi choca con Djazia.
 
¡Bobo! ¿A dónde miras? ¡Ven! y ella lo agarró de la mano, mano que le tomaba la mano, dedos que se entrelazaban a los suyos, tibieza de un calor inédito, calor que se multiplicaba en dedos, dedos que se multiplicaban por miles, voluntad que se rendía a la delicia. Desde niños siempre andaban tomados de la mano y esa caricia tierna les resultaba la sal de la vida.
 
Los criados rehuían los caminos que tomaba Djazia, los que pensaban en ella olvidaban de pronto su nombre, la habitación se despejaba, nadie la encontraba, nadie tenía que hacer nada en ella, en Djazia el Arte Yenín de la Dominación era natural, tan natural como el aire que se respira. Desde el nacimiento había dominado a su madre, Nichamendis; su padre, Utzabora, veía por sus ojos. Tal era así que gran parte de la reacción de Utzabora no sólo se debía al deseo de cambiar el futuro visto en el Plato en lo referido a él mismo y a su clan, sino para evitar la traición de su hija y su posterior matrimonio con Terencio.
 
Djazia jugó con Canildo a la doctora y el paciente, a las cosquillas, bailaron, y si bien para Canildo todo le era agradable con la niña, para Djazia todo era bien diferente: la piel del muchacho la electrizaba y sobre todo, el olor de él la trastornaba. Y ella supo que no habría hombre alguno capaz de despertar en ella algo similar, ella supo, decidió, quiso, determinó, que este Canildo sería su esposo, su marido, su hombre, su todo, y que no podría ser de nadie mas, y quiso esto con toda su alma y esa noche tuvo la primera menstruación.
 
En el mismo momento que Djazia se había llevado a Canildito con amor terrenal, Tzarcáver observaba a Cuasicasio hasta que se decidió a tocarlo por un hombro, pero sin resultado alguno, pues el muchacho parecía continuar viendo a un Xenón que ya se había marchado hacía unos cinco minutos al menos.
 
¡Cuasi!
 
El aludido reaccionó mirándolo con extrañeza, miró de nuevo hacia donde había estado Xenón, meneó ligeramente la cabeza y dijo:
 
¿Qué tal? ¡Qué te pareció?
 
Tzarcáver se asombró y le contestó:
 
¿Qué me pareció qué?
 
El primo lo miró tranquilo y le dijo:
 
¿Qué cosa va a hacer? Las clases, los profesores...
 
Tzarcáver parecía idiota, pero no lo era. Sabía que su amigo disimulaba y admiraba esa capacidad de no reconocer nada que tenía su primo. Tzarito siempre sabía mucho mas de lo que la gente se imaginaba.
 
Bien. Ahora tendremos una nueva perdedera de tiempo.
 
El primo del hijo del Rey se extrañó pero no dio señales de ello y sólo sus ojos brillaron.
 
Pero, para ti, que eres hijo del Rey, le son indispensables esos conocimientos.
 
Tzarcáver le contestó indiferente:
 
Sí, supongo que sí.
 
En este momento Cuasicasio comprendió que su amigo estaba convencido de que esos conocimientos a él no le servirían de nada e intuyó que tenía que ver con su prima, con Djazia.
 
En realidad en parte sí y en parte no. Tzarcáver estaba consciente de que su hermana tenía mas condiciones para ser la Reina Yenina que él mismo, y que eso podía significar un peligro para la vida de él. Tzarcáver no era tonto, pero el problema que le era mas importante y que determinaba todo lo demás, es que él no se sentía yenín. En su alma se anidaba el deseo de trascender, deseo que no encontraba en la vida de corte que le rodeaba, un deseo de conocer las verdades fundamentales que a su juicio el exterior falsificaba y se encontraba inmerso en una búsqueda intelectual muy importante que no sabía a dónde le conduciría.
 
Vamos a jugar a las cartas le sugirió al hijo de Utzabora.
 
Pero ya Tzarcáver había sido arrastrado por su mundo interior y no lo oía y se marchó entretenido.
 
Cuasicasio se alegró, pues ahora podría dirigirse hacia donde estaba Mirta. Ya había hecho grandes progresos con ella. Sin abusar mucho de la diferencia de posición social había pasado de la pintura abstracta a la concreta y había progresado enormemente.
 
Esa noche, mientras Djazia menstruaba, Tzarcáver meditaba en su camino a las Cuatro Verdades, Canildo leía libro tras libro de los que había substraído del cuarto de Padiota, y Cuasicasio y Mirta se dedicaban a sus asuntos, Caretio y Utzabora disponían el plan con dos variantes de comienzo: o exactamente después del cumpleaños si Terencio cometía la imprudencia de asistir a la pequeña ceremonia o posterior a ella.
 
Esa misma noche Utzabora tenía esta conversación con Fineso a voz de cuello:
 
Voy a hacer una revista militar para el cumpleaños de Djazita.
 
Fineso se preocupó. Cualquier movimiento militar en estos momentos desbarataría la conjura o la pospondría peligrosamente.            
 
¿Sí?
 
Ajá... Y otra cosa, ve proponiéndome un dispositivo, y preparándolo, de protección, porque inmediatamente después del cumpleaños pienso ir a Xaca de caza. Quizás invite a Terencio, ¿qué tu crees?
 
No se lo vaya a decir hasta último momento pidió Fineso.
 
Tienes razón, pero con él o sin él pienso irme de caza. ¡Tirarme al río y capturar una pieza! y después de dicho esto último se percató de la profundidad de su deseo.
 
 

*    *    *
 
 

En la planicie del desierto, de un desierto llano sin brisa, sin luna, un amontamiento oscuro llamado vulgarmente La Mole; una construcción colosal para criaturas no humanas; un conjunto estructural para dioses terribles y gigantescos: una oscuridad de piedras inmensas unidas casi sin fisuras; y el aire repletos de estertores y agonías animales; y los laberintos de pasillos rodeando los alveolos, las celdas; y todo en oscuridad, sin luces: el Santuario.
 
Esa había sido la primera victoria de las Bestias cuando desapareció Exén, porque no se sabía cómo había muerto el Rey de Reyes, simplemente había desaparecido. Durante su reinado las Entidades fueron siempre sometidas a la luz que odiaban.
 
En estos instantes, en la lobreguez de su celda Vigodo se removía inquieto. El caldo del odio no lo dejaba tranquilo. Llevaba cientos de años conspirando para arrebatarle el cetro a Catania y estaba mas cerca que nunca de su objetivo, lo intuía, lo olía. Y sabía que Catania lo sabía también. "Él sabe lo mismo que yo sé." Exudó amargura y se la tragó y la exudó y la tragó. Ya duraba mucho tiempo el encierro. Bajo la dirección de Catania no habían avanzado en el camino hacia la libertad. "Somos eternos", decía la Lechuza, "tenemos tiempo para todo." Pero Vigodo no sólo quería la libertad, quería ser él el que mandara. Y ya sabía que el tiempo del Cambio estaba cerca, era inminente. Estos imbéciles que creían que los tenían esclavizados. Recordó con desagrado la época de Exén. La olvidó con furia. Ya llegaría la hora de las Entidades. Y ya estaba por venir la Era de Vigodo. Catania también lo sabía.