CAPÍTULO V
El enorme Sapo con cornamenta iluminaba con su resplandor rojizo la celda que lo aprisionaba. Rugía de vergüenza y rabia. La tribu que había movido en su jugada de control había sido destruida y su ineludible victoria, retrasada.
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Roque, un pelirrojo de baja estatura, hizo detener el carruaje y llamó a Carroña, el jefe de la pequeña escolta de dos soldados y medio, más el conductor.
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Tzarcáver sintió a medianoche la Cuerda: algo que lo despertó y lo hizo bajar de la cama. Se vistió y descendió al comedor real y se encontró con Canildo. El hijo del Rey no hablaba mucho: pensaba. Y pensaba con todo el cuerpo.