CAPÍTULO V
                                                                                  
 

El enorme Sapo con cornamenta iluminaba con su resplandor rojizo la celda que lo aprisionaba. Rugía de vergüenza y rabia. La tribu que había movido en su jugada de control había sido destruida y su ineludible victoria, retrasada.
 
No todo había sido perdido. Su peón principal no había sido descubierto. El principal traidor seguía incólume.
 
Shalaputro había quedado en ayudarlo.
 
Ya eran mas los conjurados en el Santuario.
 
Dobleces.
 
Curvas del tiempo.
 
Baba.
 
 

*    *    *
 
 

Roque, un pelirrojo de baja estatura, hizo detener el carruaje y llamó a Carroña, el jefe de la pequeña escolta de dos soldados y medio, más el conductor.
 
Carroña, me he pasado toda la noche sintiendo algo extraño en el Arpa y tengo la certeza de que algo o alguien se acerca desde nuestras espaldas, desde Nazín.
 
Carroña, un tuerto, con pata de palo y garfio en la mano izquierda, estuvo a punto de decirle a Roque que era el miedo a la oscuridad lo que tenía al señor en ese estado, pero en la carroza estaba una prima de Terencio, y no convenía ponerse a mal con los jefes, sobre todo porque era un viejo soldado relegado a ocupaciones menores, un trasto inútil que puede ser abandonado en cualquier momento y él lo que quería era permanecer ignorado.
 
El viejo soldado no pensaba retrasar el viaje de Nazín a Calzonia para no retardar su regreso a Nazín, la capital de Machihuertia, el regreso a las buenas sopas de su compañera de casa, sopas apropiadas para su falta de dientes, al calor de la chimenea de su hogar, anhelado por sus huesos batidos por el frío de la madrugada, sobre todo el muñón de su brazo izquierdo, el cambio de la montura por un buen sillón, pedido a gritos por su pata de palo. El viejo soldado lo miró por su único ojo y le dijo:
 
Vamos a extremar las precauciones, mi señor. No haremos ruido alguno.
 
Roque maldijo una y otra vez que le hubieran dado una escolta tan menguada en todos los órdenes. Dos patanes que no distinguían la izquierda de la derecha mandados por un cuarto de soldado, que era todo lo que quedaba de Carroña.
 
De pronto notó que la carroza no hacía ruido alguno al andar, y dejó de oír el trote de los caballos. Estuvo a punto de asomarse de nuevo, pero se dio cuenta del conjuro y se sonrió sorprendido. "Menos mal que sabe hacer algo." A su lado, Bellota, que había recibido ese nombre por el grano del tamaño de una bellota que tenía en la frente rugosa desde el nacimiento, siguió roncando al lado de los hijos de ambos, una hembra de diez y un varón de ocho, llamados ambos las "bellotitas" por haber heredado la gracia de la madre.
 
Un rayo de fuego le cruzó el cerebro y lo dobló en dos. La Cuerda batía y batía inmisericorde. En cuanto se recuperó llamó a Carroña. Al cuarto llamado, a regañadientes, Carroña aparejó su montura a la carroza.
 
¡Detén la carroza!
 
¿Cómo? se asombró Carroña.
 
Hay un peligro enorme que nos viene siguiendo. Para.
 
Estuvo a punto de mandar al diablo al señor, pero él era un soldado muy viejo para no saber lo que le convenía. Escupió hacia un lado y más por hábito que por otra cosa hizo meter la carroza en una sombra alejada de la fulgurante luna llena y a un lado del camino.
 
¿Y qué hacemos ahora, mi señor? preguntó, pero de pronto su instinto se avivó, reforzó el conjuro del silencio, hizo el de la sombra impenetrable y advirtió a todos que ni respiraran.
 
Adentro Roque le rogó a Zabastán que no fuera a despertarse en este preciso momento su gritona familia.
 
Y una exhalación de jinetes, unos cien hombres, empezaron a cruzar a todo galope en la misma dirección que ellos llevaban.
 
"¡Exenos!", pensó Carroña sorprendido por no haber podido detectar el conjuro de ocultamiento, en realidad un conjuro de Catania. "¿Exenos en territorio Machihuerteño? No exenos cualesquiera, ¿soldados exenos?¿Y protegidos por un conjuro de Catania?"
 
Roque estaba pálido. Él era un creyente de La Cuerda y además practicaba la religión zabastánica fundamentalista, pero era la primera vez que sentía algo así. "Terencio ha muerto", tuvo la certeza. "Ríos de sangre."
 
Alguien se acerca.
 
Esta vez Carroña no pensó mal de Roque, sino que tomó las previsiones del caso y en efecto, alguien se acercaba.
 
Es una sola persona le anunció a Roque, pero los ojos enormes y aterrorizados de su señor, le expresó que éste no percibía lo mismo que él. "Y sin embargo, se dio cuenta de lo otro. Jamás he entendido eso de La Cuerda. Ven unas cosas y otras, no", y en voz alta agregó: Viene muy mal herido.
 
Momento después los patanes capturaban al jinete y sostenían a una persona que se encontraba más del otro lado que de éste.
 
¿Quién eres?
 
Leoncio... Los están matando..., están matando a todos, mataron a mi madre, mataron a mi esposa, mataron a mis dos hijos... y el guiñapo sollozó.
 
¿Los exenos? preguntó casi por gusto Roque.
 
Los exenos... están matando hasta a los niños. ¡Dios mío, mis hijos! y dejó de hablar y de moverse.
 
¿Y Terencio? preguntó Roque ¿Y el Castillo ha sido tomado?
 
Ya no te contestará, está muerto dijo Carroña y escupió al lado del cadáver.
 
Hubo un silencio que sólo rompió la esposa de Roque aún medio dormida:
 
¿Ocurre algo, mi amor?
 
Nada, nada, Bellota, sigue durmiendo contestó Roque que sudaba a pesar del frío intenso de la madrugada.
 
¿Qué hacemos, mi señor? escupió de nuevo.
 
Era una situación que Roque no estaba preparado para afrontar. No era yenín en el sentido estrecho del término. No era un soldado. No era un brujo. Ni siquiera era un seguidor notable de La Cuerda. Era tan sólo el esposo de Bellota, una de las tantas primas de Terencio.
 
No podemos regresar hacia allá aseguró Roque.
 
Desde luego que no consintió sin dudarlo un segundo el viejo soldado, a pesar de que en Nazín estaba su último hogar o había estado, una mujer que lo acompañaba en los últimos tiempos, que pudiera haber muerto, de que también vivían o ya no vivían el menor de sus hijos con cuatro nietos, pero era imbécil ir hacia la muerte.
 
¿Y entonces...a dónde vamos? preguntó desorientado Roque.
      
Usted es el que decide, mi amo y trató de darle un poco de confianza. Por usted seguimos vivos "...hasta este momento, pues de aquí en adelante no aseguro nada", lo pensó pero no lo dijo.
 
Vamos hacia adelante dijo Roque.
 
Ah, sí. Hacia dónde fueron esos jinetes dijo Carroña, como quien menciona algo sin importancia.
 
Roque sufrió un encogimiento en lo mas importante de sí. ¡Cierto! Era una tontería ir hacia adelante o volver hacia atrás. Al parecer los exenos le habían declarado la guerra a los machihuerteños, pero no le podían haber declarado la guerra a todo el mundo, aunque no entendía por qué le habían declarado la guerra a ellos, si ellos eran vasallos de los exenos.
 
¿Cuán lejos queda la frontera con Heremia?
 
Carroña, que le importaba tres pitos a dónde ir, miró a Roque desde otro ángulo. "No se ha desmoronado al menos. Sí, lo mas acertado es abandonar, a menos que averigüemos otra cosa, el territorio machihuerteño."
 
Bastante lejos, diría que inalcanzable para nosotros, si esto es un ataque en regla a todo el territorio machihuerteño. La otra frontera accesible, porque sobre la Exena ni pensar, es la de Cuaquia y ya comenzaba a trazar rutas en su mente de viejo soldado. Hay que ponerse en movimiento.
 
Roque pensó en la proverbial fidelidad de la Reina Felonia hacia los Exenos, pero no había otra opción.
 
"Zanaí es la ruta mas corta, pero es la que menos conozco. Pilnia. Pilnia me la sé de memoria. A Pilnia. Caramba, pero en carruaje. ¿Resistirá?" Pensó en los ocupantes? "¿Resistirán?" La Vieja Carroza resistiría. ¿Se podría abandonar la carroza para que los ocupantes fueran en los dos caballos?" No lograba recordar si Bellota sabía cabalgar. Le dio algunas instrucciones al conductor que, afortunadamente para ellos, era un tipo vivo que siempre estaba en la última.
 
 

*    *    *
 
 

Tzarcáver sintió a medianoche la Cuerda: algo que lo despertó y lo hizo bajar de la cama. Se vistió y descendió al comedor real y se encontró con Canildo. El hijo del Rey no hablaba mucho: pensaba. Y pensaba con todo el cuerpo.
 
¿Lo sentiste?
 
¿Qué? le ripostó Canildo.
 
Lo que te trajo aquí.
 
El hijo de la cocinera se sonrió:
 
Pero Tzarito si mi mamá trabaja aquí y duermo con ella al lado de la cocina.
 
Pero estás aquí en este instante.
 
No duermo mucho.
 
¿Por qué viniste en este preciso instante?
 
Canildo sentía que el hijo del Rey era totalmente distinto a todos ellos, pues siempre veía cosas que ellos no veían y hablaba de asuntos incomprensibles o muy difíciles de entender.
 
No sé..., de pronto me vino el deseo de estar aquí, estaba leyendo...
 
¿Estabas leyendo e interrumpiste la lectura para venir aquí?
 
Canildito se dio cuenta de lo que quería decir su amigo. Era verdad que cuando él se introducía en la lectura era difícil sacarlo de ella. Sí, él había sentido algo que lo había hecho abandonar la lectura.
 
Tienes el Don. Débil aún, pero ya lo tienes. Ya me había dado cuenta de que lo tenías lo aseguró Tzarcáver, que lo poco que hablaba lo decía como si sus palabras fueran de roca madre, y continuó angustiado: Cerca de este lugar se producirá un portentoso acontecimiento que destruirá todo el Castillo durante la caída de la tribu exenia y comenzará el prólogo de la Nueva Era. ¡Hechos de sangre y horrorosos! ¡Al menor signo de alarma no vengas aquí!
 
Y el hijo del Rey se llevó la mano a la frente afiebrada y sudorosa.
 
Canildo lo miraba con sus ojos grandes y tranquilos, ojos de pez que se sumergía en el océano sin cambiar de expresión, ojos huidizos sin rehuir la mirada y sin que el portador se retirara, ojos que se escondían interiormente rememorando hechos de vidas pasadas o libros leídos.
 
Hoy se han destruido dos clanes y la Era Yenín agoniza. La Nueva Era será regida por la Luna.
 
Canildito recordó que Padiota también le había asegurado el papel preponderante que se le daba a La Luna en los pronósticos del Libro Nocturno.
 
¿Tú eres astrólogo?
 
Tzarcáver pareció despertar del ensueño y aunque en realidad sabía mas de astrología que Padiota y que incluso Asper, contestó con brusquedad:
 
No sé nada de esa porquería.
 
A todos en el Reino Yenín, el que gobernaba al Mundo, se les había olvidado de pronto toda la ciencia astrológica yenina. Se debe concluir que la cesantía masiva tipo Utzabora, una vieja receta política del afamado y ya descansando en el Lago de los Muertos, brujo Acero, tenía enormes propiedades amnésicas y persuasivas.
 
Ruidos de soldados viniendo, voces llamando a la cocinera real y Kichora, seguido de Xenón y Cantarbia, entraron al comedor. Las ropas hechas girones, los cuajarones de sangre y las recién nacidas cicatrices hablaban un lenguaje claro que ambos niños entendieron. Tzarcáver se lanzó a abrazar a su tío llorando.
 
¡No te mueras, mi tío! ¡No, no, no!
 
Kichora lo recibió en sus brazos sorprendido:
 
¿Qué dices, Tzarito? Nadie se va a morir.
 
Xenón miró al niño con renovado interés.
 
Tráeme un garrafón de mezcal apolvorado con entrañas de serpiente coral pidió con su vozarrón Cantarbia ¡Qué clase de combate! ¡Y esos dos guardias sacados del mismo Lago de los Muertos! y tuvo un escalofrío ¡Venga el fuego que me congelo!
 
La madre de Canildito, recién aparecida de la nada, le preguntó al hermano del Rey qué deseaban comer.
 
Pues quiero un guisado de arañas peludas sazonado con revoltijo de entrañas de ratón. Y a última hora me las sirves con algunas arañas vivas de clase superior, quiero verlas correr ante mí.
 
Comprendido, mi señor. ¿Y ustedes?
 
Quiero una olla de carne podrida de gato sazonada con excrementos de paloma. Y cuando hablo de olla me refiero a la mas grande, a esa que le cabe un hombre de pie gritó Cantarbia y a continuación se apuró un largo trago del garrafón que le había suministrado uno de los criados de servicio.
 
A mi me sirves una sopa de cicuta con esencia olorosa de almendras y aderezada con espinas de flores comeinsectos.
 
¿Esencia olorosa de almendras?
 
¡Ah, verdad! Aquí por el Norte la llaman esencia de cianuro.
 
El señor la desea, ligera, media o...
 
Cargadita, que se sienta a tres parsecs el olor.
 
Canildo se fue con su madre a ayudarla. Siempre que podía la miraba trajinar de un lado para otro de la cocina y sabía tanto como el primer ayudante, Ginezio, que por cierto, no estaba presente.
 
Ayúdame, hijo, que ese Ginezio debe estar enculebrado con escorpiónico y los otros sólo sirven para cargar cosas.
 
El primer plato a preparar obviamente que era el del hermano del Rey. Canildo le alcanzó un frasco lleno de arañas peludas en salmuera que ella echó en una olla llena de agua para desalarlas. Kresmata impartió las órdenes para preparar la olla gigante para Cantarbia y puso una olla pequeña llena de agua podrida de pantano para preparar la sopa de Xenón. Kresmata echó en una sartén las entrañas de ratón de un frasco que ya le había extendido Canildito, picó sobre ellas cebolla, les espolvoreó ajo en polvo, las roció con salsa de tomate y recordó que a Kichora no le gustaba el picante, por lo que sazonó el conjunto con un pomo de extracto de orina de caballo. Preparó el sofrito y lo unió con las arañas y comenzó a hacer el guisado a fuego lento. Hizo el conjuro correspondiente para acelerar el proceso y se dedicó de inmediato a la sopa, porque al comelón de Cantarbia ya lo conocía de antes y sabía que ese animal se comía cualquier cosa sin degustarla, por lo que no le andaría con miramientos. Por lo menos ella no se los tendría. Pero otra cosa le decía el rostro de Xenón: ese sí parecía haber degustado la comida de las mejores mesas y ella no podía dejar descender su fama ni un milímetro. Observó que el agua de pantano estaba en su punto: tibia para acelerar los movimientos de los renacuajos y larvas. Sacó la ollita del fuego y le echó el polvillo molido de la cicuta. Las espinas las echó enteras y vació un pomo de supercianuro dentro y fue a verificar cómo estaba la olla para Cantarbia. Sacó algunas cosas mal puestas, puso otras de último momento, le hizo algunos conjuritos de aceleración y dejó terminada la obra. Cuando se acercó a darle la terminación a la sopa recibió la sorpresa de su vida, pues su hijo le tendía el frasquito secreto del cual ella no se desprendía nunca. Era cierto que el agua Santa de Albán podía utilizarse en esta ocasión para esa sopa, pero, no sabía por qué, quería lucirse con ese hombre, Xenón, que era uno de los dos profesores de su hijito, y había pensado utilizar el agua prohibida del Lago Blanco.
 
¿Cómo tienes tú ese frasquito mío?
 
Te lo pedí el otro día y me lo distes.
 
Ella debía haber estado loca para entregarle un frasco, cuya una de sus gotas era capaz de destruir todo el Castillo donde se encontraba enrevesado con un pedo. Frasco por el que era capaz de matar cualquier Mago Blanco o Negro, aunque por razones diametralmente distintas.
 
¿Sabes lo peligroso que es?
 
Claro, mami le respondió Canildito desdeñoso. Lo sé muy bien. No soy un crío.
 
¿Y sabes que esa receta lo lleva?
 
Bueno, normalmente se aclara con la de Albán, pero creo que merece esmerarse con ese extranjero.
 
¿Y cómo sabes eso, esos secretos de cocina?
 
Canildito la miró con extrañeza.
 
Mamá, si he andado siempre contigo, si hasta hace poco tú siempre me cargabas en un saco sobre tu espalda, porque no había quién me cuidara.
 
¿Y tú te fijabas en lo que yo hacía?
 
Y ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Ya se te olvidó que una vez te inclinaste tanto que fui a parar de cabeza dentro de una olla?... Pero bueno, lo del agua de Albán y los aclaradores lo leí en un libro que me consiguió Tzarito.
 
¿Un libro? ¿Cuál?
 
Un libro de recetas de Cirnelda.
 
¡Cirnelda! La legendaria Reina de las Kaceroleras anteriores a la época de Catán I. En aquella Era las Abuelas, creadoras de todos las criaturas según la leyenda, habían podido establecer la paz, una paz que duraría muy poco, con los catánicos, la tribu que no sólo se había independizado de ellas, sino que incluso en ese entonces las gobernaba.
 
Debes dejarme ver ese libro.
 
Habrá que pedirle a Tzarito que lo saque de nuevo, pero me lo sé.
 
¡Cómo que tú te lo sabes? le replicó asombrada la narizuda mujer.
 
Bueno, tanto como sabérmelo no, pero lo puedo recordar.
 
Lo puedes recordar...,¿lo puedes recordar completo?
 
Sí, claro que poco a poco. Tzarito también lo sabe hacer.
 
¿Y... tú te atreves a manipular esta agua y echarle unas moléculas al plato?
 
Pero ¿qué te ocurre, mamá? ¿No te acuerdas que tú me has mandado a preparar los dulces fétidos?
 
La jorobada mujer despertó de su marasmo.
 
Dame acá, que esos demonios me van a comer viva por la demora.
 
Al caer las moléculas sobre la sopa destinada a Xenón está se hizo traslúcida a mas no poder, como si solamente tuviera agua.
 
Él debe estar constipado, ¿eh, mamá?
 
Eso supongo, hijo.
 
¿No has echado demasiado?
 
¡Cállate, ya! Vas a saber más que la autora de tus días.

De un saco sacó un burujón de pequeñas arañas doradas que se movían raudas de un lugar a otro y las conjuró para que no se escaparan del plato destinado al hermano del Rey, el que cubrieron con bello e incesante movimiento dorado. La mujer dio tres palmadas y ordenó a los sirvientes para que llevaran el servicio a los restantes y ella se encargó del plato de Kichora.
 
¡Ah!, como siempre, mi viejita. ¡Qué belleza! y se dirigió a Xenón que se hallaba justo a su derecha, entre Cantarbia y él ¿Qué te parece? Esta es la mejor cocinera del mundo.
 
Xenón lo miró escéptico, pues a su juicio las mejores cocineras eran sin duda las Kaceroleras, pero también sin duda, eran las mas peligrosas y dijo condescendiente.
 
Algo demorada para una cocinera yenín.
 
Una cocinera yenín debía saber a la perfección el uso de las microondas, la aceleración de partículas y la programación de tiempo compartido.
 
La mirada de Cantarbia quedó apresada por el plato que Canildito le había puesto delante a Xenón y una arqueada violenta le hizo asomar por las comisuras hilillos de vómito.
 
¡Agua! ¡Te han servido agua!
 
Xenón lo miró con algo de autosuficiencia.
 
¿No conoces el encantamiento de San Albán?
 
Con una mueca de disgusto Cantarbia dedicó su atención a la olla que recién le traían cuatro sirvientes.
 
¡Esto sí es lo mío! ¡Comida de hombres!
 
El hermano del Rey miraba con sorna de vez en vez a Xenón y cuando lo vio sumergirse con la vista en el plato, supuso que estaría tratando de encontrar con la vista la base principal de soporte de la receta, el agua de pantano. Cuando sintió que en un santiamén Xenón llegaba al nivel ciento doce de escrutinio visual se movió discretamente, alejándose un poco de él.

El examen dejó a Xenón entre sorprendido y confuso, pues no había llegado ni siquiera a entrever nada más que pura agua. ¿Sería una broma? Con mucho mayor cuidado que cuando había entrado en los combates recién librados, introdujo la cuchara hasta el fondo y la sacó cargada de a lo que todas luces parecía agua asquerosamente traslúcida. Notó que la cocinera lo miraba con sorna y un estremecimiento le recorrió el cuerpo, pues con aquellas facciones de arpía emérita, aquella joroba de dromedario viejo y aquel gorro puntiagudo mas parecía una Kacerolera que una clásica cocinera yenín, aunque siempre las diferencias habían sido pocas.
 
Pero cuando introdujo la cuchara en la boca recibió la electrizante sensación de un renacuajo vivo y tibio y la boca se le llenó de una deliciosa agua de pantano, qué de un pantano cualquiera, ¡del mismo Lago de los Muertos!, enriquecida por el sabor de los cadáveres añejados por el paso de los siglos. Los ojos se le llenaron de lágrimas agradecidas mientras introducía una cucharada tras otra en la boca con precipitación impropia. El órgano abandonado por tantos años de meditaciones asumía primero una posición rígida, casi metálica, un engrosamiento hercúleo y las bolsas famélicas y casi siempre vacías por el abandono recibían el golpe hidráulico de cientos de libras de presión mágmica. En verdad el rostro de la cocinera no era tan feo y si se le inclinaba el rostro la nariz no estorbaría para el beso. Por otra parte, la joroba pudiera servir de punto de agarre para estrecharla y que no se pudiera escapar.
 
La respiración se fue enronqueciendo y, al mismo tiempo que la erupción volcánica tenía lugar, los eruptos se incendiaban haciendo parecer a Xenón un joven dragón en celo que inundaba los alrededores con el perfume de las almendras amargas y de hormonas liberadas. Pero cuando esta parte de la limpieza había tenido lugar, las tripas empezaron a removerse y a gruñir fieramente anunciando una limpieza aún mayor. Xenón intentó levantarse, pero fue un lento intento fallido y, a medida que rebajaba de peso, el aire a su torno se convertía en la quintaesencia de una letrina pública en su hora pico.
 
Cantarbia lo miró con enojo y le preguntó:
 
¿Para eso pediste ese plato tan asqueroso?
 
Kichora, eruptó y le dijo displicente:
 
Huele a muy vieja.
Sí, excelencia Xenón hablaba con un susurro de vergüenza; ya hacía muchos días que no daba de mí y deseaba hacerme una limpieza, lo que no pensé que fuera tan... inmediata.
 
Somos brujos continuó Kichora como si estuviera hablando de si iba llover o no, pero cuando comemos eso es lo que hacemos y no incluimos otras funciones que corresponden a otro momento y lugar.
 
Sí, señor; permítame retirarme.
 
El hermano del Rey le hizo una seña a los sirvientes, que se acercaron con cierta lentitud a Xenón obligados a ayudarlo, pero no muy dispuestos a esa tarea, porque tenían que ir limpiando el rastro que dejaba el maestro yenín en retirada.
 
Kichora estalló en risas después que se marchó el calvo de Xenón e iba a decirle algo al respecto a Cantarbia, pero solo pudo distinguir el trasero de éste que tenía el torso metido en la olla mientras acababa los restos de su pantagruélico desayuno.
 
El hermano del Rey se rió de nuevo y gritó:
 
Cantarbia, en este castillo te encuentras en una posición muy peligrosa.
 
Unas palabras incomprensibles surgieron de la olla.