CAPÍTULO VI
    

El conductor de la carroza era un maestro en su oficio y la conducía por dónde parecía que no se podía y extraía de las bestias lo que parecía que no podían dar. Pero, bestias al fin, necesitaban descanso, y en uno de ellos el viejo soldado matrero se dedicó a hablar con el conductor.

¿De dónde salieron estas cabalgaduras?

El conductor empalideció, pero no dijo nada.

No son las normales agregó para rematar el jefe de la escolta.

El conductor negó con la cabeza y ante la mirada del viejo soldado carraspeó y dijo:

Me habían mandado a ensillar de hacía un rato, pero me había entretenido y al ir a hacerlo, próxima ya la hora de partir las cabalgaduras que tenía que utilizar, no aparecían y me vi obligado a usar unas que... no correspondían.

Pero no se les nota nada anormal, parecen simples animales de tiro.

Bueno, animales de tiro son.

Pero tienen una presencia de lo mas común.

Bueno, uno es un sirviente, pero siempre se le pega algún que otro conjurito.

El viejo soldado analizó el truco, vio el signo del búho y escupió.

Ya veo.

La mano derecha como un relámpago desenfundó la espada y le cortó la cabeza al conductor.

Los caballos asumieron el verdadero aspecto que les correspondía como los animales de brío que realmente eran:
los caballos de la carroza del general Sofrón.

Bellota, que se había asomado por casualidad, exhaló un grito de horror. Roque se lanzó a taparle la boca a su esposa y ésta le mordió la mano y fue entonces Roque quien aulló. Los niños se despertaron y se armó una algarabía que solo se detuvo cuando Carroña dio un espadazo sobre la puerta de la carroza casi cortándola en dos y salpicándolos a todos con la sangre que quedaba en la hoja.

¡Silencio! ¡Que nos estamos jugando la vida! ordenó con firmeza el viejo soldado.


*    * *


El Rey estaba reunido nuevamente con los Maestros. A pesar de la victoria obtenida contra los Machihuerteños y de que la amenaza de guerra de los Magos Blancos preparada por él mismo había mantenido el Reino unido, la tristeza era dueña del rostro de Utzabora.

Los he llamado, señores, porque quiero dejar en claro dos cosas. La primera es que he dispuesto un premio por el servicio especial que ustedes le brindaron a la corona yenín cuando en la Noche del Ajuste Profiláctico acompañaron a mi hermano y se desempeñaron de manera tan notable... No, por favor, detesto esas formalidades que ustedes parecen tan prestos a usar en este momento. Ahora bien, si aprecian en algo mi consejo aprovechen las riquezas para garantizar a los vuestros, a vuestra familia, o a quienes ustedes quieran, en tierras extranjeras e hizo una pausa subrayante la seguridad y bienestar adecuados. Ustedes saben que cesanteé a todos los astrólogos yenines, por lo menos los que se encontraban a pedir de boca, y quiero que conozcan mis razones... Sí, ya sé que ustedes no tienen curiosidad alguna y que hasta lo mejor por propia seguridad no quieren saber nada, pero... necesito conversar con alguien... y no puedo hacerlo ni con mi hermano el Rey hizo una pausa de reflexión dolorosa. En muy raras ocasiones me ha pesado tanto el cargo que hubiera preferido no tenerlo y ésta es una de ellas. Vi algo terrible en el invento de Asper cuando se puso a alguien en él. Con decir que vi un Cambio de Era, vi mi destrucción y la destrucción del poder exeno con la ascensión de Terencio Machihuerta... Pero ustedes saben mejor que yo, que eso a lo sumo sería un cambio menor. Vi a continuación la destrucción del poder yenín sobre el resto del Mundo y obviamente eso sí sería un Cambio de Era.

Hubo un silencio espeso durante un minuto y luego Utzabora continuó:

Lo que mas me dolió de lo que vi es que mi hija me traicionaba y se unía a Terencio, a mi asesino, y fungía de Reina... Por otra parte, pude sentir cómo el Búho, mi Padrino, se horrorizaba al ver que él dejaba de ser la entidad rectora y el poder pasaba a garras de Vigodo... La lucha por el poder entre estas Entidades es ya milenario.

Estuvo tentado de provocar una conversación con los Maestros sobre la relación Yenín
Entidades, pero... hablaría de eso en otra ocasión.

Es por esto que decidí adelantarme a los acontecimientos y no sólo anular a Terencio, sino al clan Machihuerta completo. De esa manera, no sólo alteraría el futuro en lo que respecta al destino del clan exeno, sino que evitaría la traición de Djazia.

El Rey hizo otra pausa y luego continuó:

¿Por qué cesanteé a los astrólogos?

Hizo un largo silencio.

Hay algo de cierto en la oposición que ustedes hacen como gremio a la transformación yenina. No se piensa igual... Los destruí porque no quería saber nada más sobre el futuro. Sabía que iba a destruir la conspiración de Terencio y que iba a luchar contra los cambios que se avecinaban, pero no quería pasarme la vida oteando una y otra vez el futuro de acuerdo a la paradoja del tiempo. Acabaría loco mirando si en las nuevas realidades provocadas seguiría mi hija traicionándome una y otra vez y pereciendo completo mi clan exeno y posteriormente perdiendo el poder los yenines en una sucesión infinita de posibilidades. El invento de Asper se convertía no en el milagro de poder que había creído inicialmente, sino en una pesadilla inacabable.

El silencio se podía tomar con la mano, pues los Maestros no concordaban con las apreciaciones del Rey.
Sí, sé que ustedes no concuerdan conmigo, pero sentía la necesidad de explicarle a alguien mis actos... No estoy loco y la barbaridad que he hecho tiene su justificación. Miren si lo que he hecho no es el resultado de algo insano que hay astrólogos sobrevivientes y no he ordenado que los persigan y aniquilen. El único que me ha interesado es Padiota, que ha desaparecido. Pero como tengo el único Destinium que existe y su inventor no puede ponerse al servicio de nadie más, no me preocupan mucho los sobrevivientes.

El Rey se sonrió con tristeza y continuó diciendo:

Hasta mi hijo reniega de sus conocimientos astrológicos... Todo está en calma. La amenaza de guerra de los Blancos ha mantenido al reino unido, pero no creo que después que se disipe esa amenaza todo se mantenga así.

Jamás se había eliminado un clan completo, mujeres, niños, ancianos.

El Rey recuperó su tono habitual:

Y es por si se da la posibilidad que vi en el Plato que ustedes han sido contratados. Quiero que enseñen y preparen a mis hijos, y al hijo de mi hermano, para la eventualidad de una venganza, y quiero que esa preparación sea la que jamás guerrero alguno haya tenido jamás la repetición reforzó la idea del monarca. Mi biblioteca personal estará abierta para ellos, y también para ustedes, y yo mismo les enseñaré mis mas profundos secretos.

Después de un silencio un poco largo Xenón se atrevió a preguntar:

Las órdenes iniciales eran las de instruir a un conjunto de muchachos de la corte, ¿debo entender que los demás serán removidos del curso?

¡Desde luego que no! El curso seguirá como hasta ahora, pero el énfasis será puesto en Tzarcáver, en Djazia y en Cuasicasio y son ellos los que tendrán acceso a todos mis secretos. ¡Ah!, se me olvidaba: El hijo de la cocinera, Canildito, será tratado como mis hijos... Quiero decirles a ustedes el porqué, ya que sin duda les resulta extraña esa excepción. Djazia siente una fuerte atracción por ese niño y ustedes saben cómo es mi estirpe cuando se encapricha en algo, pues todo ustedes deben recordar el encaprichamiento de mi matrimonio con una desconocida de Xaca, con Nichamendis. Pudiera hacer desaparecer al niño, pero eso sería como poner la tumba de ese muchacho entre mi hija y yo, y mi hija es como yo: no es capaz de perdonar. Aunque quiero mucho a Tzarcáver éste no será jamás Rey: no tiene sangre para eso. Y me duele decirlo, pero es así y añadió con disgusto: Siempre está pensando en veinte mil basuras la mayoría de las cuales no hay quién rayos las entienda. No lo eximo del entrenamiento porque en las visiones del Plato lo vi jorobando a mis enemigos de una manera que no entendí, pero bueno... Así que voy a obrar como si ocurrieran las dos cosas: como si hubiera cambiado el futuro y como si no. Prepárenlos a todos con el máximo de lo que ustedes saben. ¿Han entendido?

Los dos maestros asintieron en silencio.


*    * *


Señor, ahí tenemos la frontera con Cuaquia, pero debemos abandonar el carruaje.

¿Por qué?

Porque los caballos eran los del general Sofrón y estaban conjurados por Catania o en contubernio con Catania y no sé qué ocurrió en Nazín.

Y sin saber exactamente lo ocurrido despachaste al conductor.

Carroña escupió y no dijo nada, no le iba a explicar a este patán lo que significaba Catania para él.

Roque se pasó la mano por el rostro y dijo:

Bueno, haz lo que tú entiendas.

Carroña ordenó desuncir las bestias y las llevó a un bosquecillo cercano donde dijo:

Me molesta más liquidar a los animales que a los humanos, porque nosotros siempre somos culpables de algo y ustedes siempre son inocentes, pero ustedes jugaron o juegan algún papel en esto y no puedo entrar sin saber lo que llevo a un reino que siempre ha sido fiel a la corona exena.

Después de sacrificarlos con su acostumbrada eficiencia, les ordenó a los otros dos soldados que los enterraran y disimularan la tumba.

Después cruzaron la frontera.

Y de inmediato fueron rodeados por una partida.

¡Alto! gritó un soldado.

Carroña los reconoció enseguida: eran soldados cuaqui.

Somos gente pacífica que huimos de la guerra dijo con calma Carroña.

Sí, yo soy Roque y mi esposa es una prima del Rey Terencio.

Carroña escupió hacia los pies de Roque que respingó y se dio cuenta que el soldado le decía "Te vendiste demasiado pronto".

El jefe de la partida se rió.

Tengo que desarmarlos y sólo puedo prometer que no los voy a matar en este momento.

Carroña miró al cielo y cuando ya iba a decir que sí, los dos patanes que lo habían acompañado como soldados habían dejado caer las armas. Les escupió a los pies y les dijo con desprecio:

Si tienen tanto apuro ¿por qué no se ponen de espalda y se bajan los pantalones?

Vamos, soldado. ¿Quién sabe lo que ocurrirá después?

El viejo soldado trató de decidir si moría ahora o lo hacía después y la astucia del guerrero lo inclinó a rendirse, pues mientras hay vida hay esperanza.

Con un sigilo extraordinario lo condujeron hacia un fortín cercano y a los pocos minutos fueron llevados a un salón donde se notaba la improvisación de un lujo cortesano que no cabía en el estrecho marco de un fortín de frontera.

La súbita tensión de los soldados que le rodeaban, simultánea al acercamiento de unas tres figuras le indicó a Carroña que los que venían eran de elevada alcurnia, pero se quedó hecho una pieza al identificar a la noble anciana que se le acercaba, pues era nada menos que la Reina Felonia, Reina de los Cuaqui y decana del Consejo del Reino.

Roque y Bellota la reconocieron también. El primero se arrodilló y le dijo:

Merced, Reina Felonia, su merced.

La Reina miró intranquila a Carroña y el viejo soldado reconoció en la Reina a una verdadera vieja leona.

¿Qué hace ese soldado tan libre?

Dos miembros de la escolta de la Reina rodearon de inmediato a Carroña.

¿No saben reconocer a un Maestro? ¡Ah, claro! Al pobre infeliz le falta una mano, ah, y tiene una pierna de palo, y de contra es un tuerto, y el peso de los años lo tumban. En efecto, ya mas de un centenar tiene, pero casi más tiene en combates. ¿Creen que ha sobrevivido a tantos combates por gusto? ¿Y no habla de valentía que llega a la locura que haya sido herido tan mal y tantas veces y todavía siga en la carrera de las armas? y dirigiéndose a él ¿Cómo te llamas?

Me dicen Carroña.

Tu nombre, Maestro.

Agripín, señora.

El gran Agripín. Muchos ni se acuerdan de tus viejas hazañas, pero soy mas vieja que tú y sí me acuerdo. Creo que eso te lo hizo Catania, ¿verdad?

El mismo que la apadrina a usted.

Es mi Padrino, pero no mi amo.

A la larga no se sabe.

Yo sí sé, Maestro. Sé muy bien el peligro de usar a las Entidades.

Me alegro entonces por Vuestra Alteza.

¿Puedo saber qué haces aquí?

Después de que Catania me hizo esto me retiré y viví con mi nombre anterior, mi nombre anterior a hacerme Maestro, se entiende. Es la primera vez que alguien me reconoce después de aquello.

¿Quieres hacerme creer que Terencio no te tenía empleado como Maestro?

A mí usted no me creerá.

La Reina miró a Roque y por poco ríe al ver la expresión del rostro de éste.

¿Qué tú dices a esto?

Mire, mi Reina, no sé nada de lo que dice este soldado loco. Nosotros íbamos de Nazín a Calzonia, a casa de mis suegros. El gobernador de Calzonia es primo de ella, Bellota también es prima de Terencio. Y entonces me suministraron una escolta de poco valor, usted lo dice y no lo creo, digo, mi Reina, sí lo creo, pero me cuesta un trabajo enorme creerlo. No lo conozco, vaya, no lo conozco como usted lo conoce, para mí, como para los de allá, era un viejo decrépito que me habían dado para llenar un compromiso.

Entonces, ¿a qué vienes a mi reino?

No sé, vengo huyendo. Otros ya deben de haber venido y contado de aquello. Están matando a todos los machihuerteños, a mujeres, ancianos y niños. Los exenos se han vuelto locos.

Bellota recuperó el habla que había perdido un tiempo atrás:

Mi Reina, espero que tenga piedad de nosotros y de mis niños.

Era muy oportuno el llamado que hacía Bellota, porque la piedad era el único sentimiento que en política no tenía lugar.

Mis compromisos con el reino exeno son fuertes, pero no creo que Utzabora se haya vuelto tan loco como para estar aniquilando a todo el pueblo de Machihuertia. Esperemos a ver qué noticias recibimos en lo adelante.


*    * *


Xenón y Cantarbia se retiraron y el Rey mandó a llamar a Djazia. La niña corrió para abrazarlo y besarlo y en contra de su voluntad el rostro del Rey se permeó con una sonrisa.

Djazia, tengo que hablarte en serio.

Oh y yo también. Muy en serio, papito. Seriesísimo.

El hecho es que pienso nombrarte mi sucesora.

La joven frunció el entrecejo.

Pero... ¿y Tzarito?

No sólo no ha mostrado condiciones para reinar, sino que no está interesado en lo mas mínimo en hacerlo.

Djazia se puso seria y le dijo a su padre.

He oído decir que a veces estas decisiones traen la escisión de un clan.

Sí, es cierto. Eso ha ocurrido, pero Tzarcáver es incapaz de traicionarnos. La traición a los familiares es lo peor del mundo.

El problema no es él, sino los intrigantes instigados por los otros clanes.

Bueno..., si ése fuera el caso, pues habría entonces que solucionarlo...

Hubo un silencio espeso.

No me gustaría, papá. ¿Qué piensa mi hermano de esto?

No lo sabe aún. Mira, vamos a hacer una cosa.

El Rey sacó de un armario una máscara de la diosa Hipta.

Esta máscara mágica, que me regaló el verdadero Rey Hipta...

¿El verdadero?

Bueno, te contaré esa historia otro día... Esa máscara, como te decía, hace invisible a quién se la pone y no se mueve, resulta mejor que el cambio de nivel, porque cuando se cambia de nivel se escucha muy mal, y esta máscara al contrario agudiza la vista y el oído de quien mira a través de sus ojos. Te pondrás en aquel rincón y no harás el menor movimiento hasta que te lo diga. Tengo que hacer un conjuro que substituya los proyectores hiptas, así que no te sientas asustada por el frío de muerte que te invadirá. Mandaré a llamar a tu hermano. Acuérdate de no hacer el mas leve movimiento. Podrás verlo todo sin moverte.

Así lo hizo el Rey.

Djazia tuvo la impresión de que Tzarcáver la veía, pero al parecer no era así.

¿Qué tal, hijo? ¿Cómo te va en las clases?

Bien. Los profesores son muy buenos.

¿Cuál te gusta mas?

Xenón.

¿Por qué?

No sé... Me gusta más.

Utzabora hizo una pausa buscando las palabras apropiadas.

Te he mandado a llamar hijo, porque tu sabes que no somos una familia común. Tu mamá, Djazia, tú y yo, mi hermano Kichora y mi sobrino Cuasicasio constituyen la familia real. La familia que no sólo es la rectora del clan, sino la cabeza del Poder Yenín y por lo tanto, la cabeza del mundo y ese poder que tengo uno de ustedes dos lo heredará.

Tanto el Rey como Djazia, que se encontraba en un rincón detrás de donde se hallaba sentado su padre, vieron el mohín de disgusto del muchacho.

¿Hay algo que te desagrada? Éste es el momento de hablar claro Tzarito.

El hijo del Rey bajó la cabeza.

Habla sin pena. Eres mi hijo.

Es que temo molestarlo.

Nada que me digas puede molestarme.

Mire, padre, el manejo del reino no es asunto que me agrade. Soy incapaz de desobedecerle, pero no me gusta la idea de gobernar al mundo, no creo servir para eso, y sin embargo, padre, mi hermana sí posee el don de mandar, tal como usted lo tiene. Y ella cuenta con toda mi adoración. Sé, quién no sabe las historias, de las divisiones que han ocurrido en el reino por problemas de esta índole, por la sucesión del trono, pero preferiría morir que causarle el menor disgusto a mi querida hermana, si usted dispusiera que ella fuera la heredera. En ese caso yo tendría la misma devoción que Kichora ha sentido por usted.

El corazón del padre se enterneció.

Así será, hijo mío, jamás te arrepentirás de lo que has dicho hoy. Te haré caso y nombraré a tu hermana como legítima sucesora del reino. A nadie hables de esta conversación. Ya puedes volver a tus asuntos.

Tzarcáver se despidió del padre y se retiró.

Djazia se quitó la máscara y se hizo visible.

¿Ves, cariño? Tu hermano no será ningún problema. Será contigo como Kichora ha sido conmigo.

Exhultante de felicidad Djazia salió de este encuentro.

¡Sería la Reina! ¡Podría hacer de Canildo su acompañante! ¡Lo haría su compañero para siempre! La visión de Canildo no se le quitaba de la cabeza. Tenía que encontrarlo.


*    * *


El Rey pidió que avisaran a Nichamendis.

¿Para qué me quieres? le preguntó la Reina.

Las relaciones entre ambos no habían sido muy cordiales después del nacimiento de Tzarcáver debido, entre otras cosas, a los deslices en la fidelidad real. Cierta vez parodiando Utzabora había gritado: "¡Mi Reina por unas nalgas!" Y el chiste le había caído a Nichamendis, cuya espalda terminaba en una tabla, como una patada en los abultados ovarios, cuya entrada era generosa en lo que a la salida le faltaba. Sin embargo, después del último tratamiento de Kresmata había habido un reverdecer de laureles.

He decidido la sucesión del reino.

La Reina se estremeció y no dijo nada.

He decidido que el reino lo heredará Djazia y te lo informo porque se hará la comunicación oficial dentro de poco y quiero que ya lo sepas.

Y Tzarito tirado a la basura.

El mismo Tzarito me lo acaba de sugerir. Es mucho mas inteligente que tú.
Una duda terrible pasó por el rostro de la mujer que cambió su actitud.

¿Tú crees que Djazia... y él... puedan convivir juntos?

Sin dudas, mujer. Djazia ha podido comprobar la fidelidad de su hermano. No habrá ningún problema. Ahora bien, quiero que cuides a la niña. Tú sabes que siente una atracción especial por Canildo y no quiero que ella vaya a violentar el desarrollo normal de los acontecimientos y al pobre niño. Toma este anillo y le dio un anillo con una piedra blanca mate. Este anillo impedirá que el Arte de la Dominación que nuestra hija usa y abusa te afecte demasiado.

Esa misma tarde el Rey dio a conocer su decisión en la corte, con los embajadores presentes, y se enviaron copias del edicto a las diez tribus restantes con la fecha de la ceremonia de presentación.

Por la noche el Rey llevó a los cuatro elegidos y a sus maestros a la biblioteca secreta.

Los niños maduraban a ojos vista en función de la aceleración de los acontecimientos. El trato a Djazia había variado. A la muchacha le brillaban los ojos pardos
violetas por la emoción del nuevo poder adquirido que brillaba en todo lo que le rodeaba. El acceso a una de las bibliotecas mas famosas del mundo era otro galardón mas de lo extraordinario transformado en cotidiano.

¿Es cierto, papá le preguntó la princesa Djazia, que puedo nombrar príncipe al que será mi esposo?

Bueno, Djazia, es el Rey el que hace príncipe.

Pero si te lo pido ¿tú nombrarás príncipe al que te diga?

Sí, pero me parece muy pronto para decidir algo así tan importante.

Quiero que en la fiesta de mi presentación ya se nombre al príncipe del reino y de mi corazón.

Bueno, así será entonces, pero eso lo podemos hablar después.

Quería que los primeros en saberlo fuesen los que están aquí.

Con lo ojos brillantes la niña tomó de la mano a un Canildo rojo como un tomate.

Éste será mi príncipe.

El Rey la respaldó:

Así será en la fiesta de tu reconocimiento.

Tzarito abrazó al hijo de la cocinera y lo besó en la mejilla.

Felicidades, hermano.

A Cuasicasio le brillaron los ojos en su rostro inexpresivo y dijo:

Caramba, como ocurren cosas en estos días.

Al Rey le gustaba su sobrino desde el día de la cesantía de los astrólogos. Era valiente y su rostro era de piedra.

¿Tú no crees, hija mía, que Cuasicasio pudiera ser nombrado tu jefe de escolta, como es su padre Jefe del Ejército?

Djazia palmeó alborotada.

Sí, sí, ¡qué bueno!

Estremecidos de emoción, procedieron a seguir al Rey en el viaje de presentación de los manuscritos. Sólo dos bibliotecas eran mas ricas en volúmenes que las del Rey: la Biblioteca Encantada del Santuario y la Biblioteca de Catán, perdida para siempre en el desierto de La Diabla.

Por única vez en su vida, Canildito dejó de sentir la fascinación que siempre le producían los libros y se dedicó tan sólo a sentir la cálida mano de la princesa heredera que apretaba la suya con singular cariño. Jamás podría olvidar esa escena en la que se sentía en lo alto de una nube, con el sol radiante y la brisa fresca acariciándole el rostro.