CAPÍTULO X
Tzarcáver se despertó ante el hálito helado: un frío de tumbas esculpido en piedras rugosas de ruinas contrahechas. Una ráfaga que estremecía La Cuerda haciéndola vibrar en un sonido de lamentaciones y terrores. Sudaba frío. El peligro se podía sentir en la yema de los dedos que ardían como si estuvieran metidos entre hielo ártico. Había una Presencia. Se levantó para ir a la habitación de su madre, y se sintió desorientado: no estaba en el Palacio Real, estaba en la Gobernación de Xaca. Ya faltaban veinticinco días para la ceremonia de Presentación. No se podía imaginar qué cosa esperaba su madre que ya había recibido la orden del Rey de marchar hacia la corte.