CAPÍTULO XIII
 
 

El Rey previendo una filtración había dejado en manos de Xenón la elección del lugar en donde esperaría si se producía o no el ataque o si era real la aparente aceptación de la sucesión, y el Maestro había escogido el pueblillo de Alturas, que se encontraba en una colina desde donde se podía ver el Castillo Imperial y parte de Urfalia. Por otra parte Utzabora había esperado hasta último momento para partir de dónde se hallaba oculto hacia el Castillo.
 
Todo comenzó espléndidamente concertado cuando el Canciller Kezel dio inicio a la ceremonia y el Rey Nabuco expresó en voz alta:
 
Es necesario aclarar algo, canciller.
 
¿Qué?... Digo, no hay nada que aclarar...
 
intervino la Reina Felonia, por desgracia hay mucho que aclarar.
 
Estimado Rey Utzabora continuó Nabuco, el Consejo del Reino Yenín ha determinado la abdicación forzosa de la Corona Yenina y que esta recaiga sobre el poder del Consejo provisionalmente. Al mismo tiempo, el Consejo reconoce la sucesión inmediata dentro de la tribu exena de la Princesa Djazia.
 
La Bestia se alzó en toda su gigantesca estatura y ladró:
 
Yo soy el que destituye al Consejo del Reino. Yo soy...
 
Con la sincronización de un ejército todos los invitados se organizaron en cuadros cercando al Rey, a Djazia, que pasmada observaba la escena, a la corte, a parte de la corte mejor dicho, porque otra parte, metida en el complot, quedó separada de la otra.
 
El Rey se llenó de asombro cuando vio al tío Kezel del otro lado.
 
¡Tío!
 
Este..., sobrino, parece que esto es lo mejor para los exenos.
 
Naykón se acercó al Rey pálido como un muerto.
 
Mi Rey, todas las ciudades exenas me han reportado que están rodeadas por fuerzas no totalmente identificadas.
 
¿Y nuestro ejército?
 
Creo mi señor, que sólo podemos contar con lo que vemos.
 
El Rey tuvo un gesto de humor.
 
Y parece, Naykón que nuestra vista se ha acortado mucho.
 
¡Suéltenme, suéltenme! gritaba el leve Kichora.
 
Con una risotada los Buag que lo habían sujetado lo soltaron, pero al pobre hermano de Utzabora le habían quitado las botas cargadas y comenzó a elevarse como un globo de feria.
 
¡Hermano! ¡Hermano! No he podido informarte sobre algo muy importante, sobre... pero Kichora no se atrevió a vocear el nombre de Djazia.
 
Utzabora se asombró con mucho orgullo de lo fuerte que había sido el conjuro de dominación al que había sometido a su hermano desde pequeño, tan fuerte como para que Kichora, aún cuando apenas le quedaban minutos de vida, se preocupara de que había algo que todavía no le había informado.
 
No te preocupes, hermanito le gritó con sorna. Ya no es tan importante. Cuídate.
 
A pesar de lo tenso del momento o quizás por eso, la amenaza de muerte de Kichora de reventar como un globo no detuvo la hilaridad provocada por esta respuesta, tanto entre amigos, como entre enemigos.
 
Utzabora no había dejado de llamar frenéticamente a Catania, pero Catania no respondía.
 
Ríndete, Utzabora, y así ahorrarás la sangre de los tuyos le gritó el Rey de los Ponchi.
 
No me caracterizo por ser muy ahorrativo.
 
De pronto observó como un destacamento trataba de capturar a Djazia y le susurró al oído a Naykón:
 
Vamos aprovechar este momento en que están entretenidos.
 
Naykón se sorprendió de que el Rey fuera capaz de entregar hasta su propia hija.
 
¡Hacia Urfalia! empujó a los que le rodeaban.
 
se quitó el velo y alzó vuelo, los ojos brillantes como el fuego, la cara calcinada.
 
¡Una orca! exclamó alguien.
 
Una luz vívida surgió de los ojos de la Reina y volatizó a uno de los guardias que rodeaban a Djazia.
 
¡Mamá! gritó asombrada la Princesa.
 
Darnelio, hay que liquidar al Rey intervino Nabuco.
 
¡Sindulfo!
 
Sí, me encargaré de esa despreciable orca le adivinó el Buen Traidor.
 
Darnelio, seguido de un fuerte piquete encabezado por un tuerto, siguió al Rey Utzabora.
 
Sindulfo le dijo su mano izquierda, pues había perdido la derecha, el guardia que había probado ser un excremento de Cirnelda, nos hace falta un Merlo.
 
No hombre, no. ¿Tú has visto alguna orca haciendo trabajo secreto? Debe estar toda oxidada.
 
El juicio era certero. Los movimientos eran torpes, la Mirada Orca, mal dirigida, poco frecuente. Especia y las otras acompañantes de la delegación Orca, cuando comenzó la cacería de la Reina Nichamendis, se retiraron del Salón Solemne, ya decididas a abandonar el Castillo y Exenia.
 
Ante la estupefacción de Djazia se produjo la corta caza y aniquilación de su madre voladora. ¡Cuánto se había reído ella de las muñecas de tizones, como se llamaba despectivamente a las orcas! ¡Y en este momento ella, y todo el mundo, descubría que ella misma era hija de una muñeca de tizones, que algo de tizón corría en sus venas.
 
Kresmata en la cocina saltaba de un lugar para otro y pujaba y pujaba. "Coño, y a Cirnelda que fácil le salían. Contaban las malas lenguas que una vez mató a quinientos con uno." Le echó un par de gotas de Lago blanco a la pócima y se disparó otro trago. Ya se había echado al pico tres y sabía que ya no podía echarse otro más so pena de perecer. De pronto se dobló en dos por los retorcijones de barriga.
 
Ginezio que se asomó a la cocina en ese momento le preguntó:
 
¿Qué te ocurre, abuela?
 
¿Tomaste... sopa?
 
¿Eh? ¿Qué? ¡Vaya pregunta! ¿Estaba mala?... No, no tomé.
 
Tó...mate un plato...rápido...Ay, cómo duele...Ay, tómatela rápido o corre...
 
Ginezio no iba a tomar sopa ni por lo que dijo el cura y no entendía por qué tenía que correr, pero lo que vio y oyó a continuación, lo hizo exclamar:
 
¡Dios mío!
 
Y se echó a correr.
 
¡Kresmata se está reventando, subió hasta el techo!
 
Y un ruido irreconocible por lo desproporcionado de su volumen, estremeció el Castillo de una punta a la otra.
 
¿Qué es eso? se asustó el Rey Nabuco.
 
Sindulfo, que transportaba a una Djazia atemorizada, sorprendida, paralizada, se le acercó.
 
Mi Rey, ordene la retirada del castillo. Siento que comienza a temblar y no me gusta un centavo ese sonido horripilante.
 
¿Será algo de Catania?
 
No sé, mi Señor, pero sí, parece algo primordial. Pero no perdamos tiempo. Las paredes están soltando un polvillo, anuncio de desmoronamiento.
 
De pronto una ola de gases mortíferos comenzó a hacer estragos respetando a algunos y liquidando a otros.
 
¡Qué peste!
 
Todos corrían por igual, pues aunque los exenos que habían tomado la sopa de Kresmata resultaban invulnerables a lo venenoso del gas, no lo eran a la peste. El escuadrón dirigido por Darnelio había capturado a la Bestia, en realidad lo había capturado con lazo mágico, el manco, cojo y tuerto de Agripín, alias Carroña, y lo transportaban corriendo, alejándose de los apestosos y mortíferos gases, y del edificio que ya empezaba a derrumbarse.
 
Todo el castillo como si fuese de arena y estuviese siendo enchumbado en agua desde la cocina se fue derrumbando hasta desaparecer del todo.
 
Nadie había observado cosa igual. Y todos los combates había cesado y defensores y atacantes se hallaban mezclados por doquier.
 
¡Exenos! gritó aprovechando la situación el Rey Nabuco ¡No luchéis en vano! ¡No temáis! No habrá venganza injusta: El Consejo del Reino sólo le hará justicia al tirano y no habrá matanza. Invitados extranjeros: no abandonen Urfalia. Urfalia seguirá siendo la capital del reino Yenín y dentro de una horas haremos la Presentación del nuevo Rey.
 
¡Urfalenses! bramó el Tiranococodrilo para consternación de todos ¡Luchad casa por casa contra el invasor imperialista!
 
¡Cállenlo! urgió Darnelio.
 
 

*    *         *
 
 

"Allí estaba el Castillo. Ella lo destruyó con la receta que le copié. ¿Habrá muerto? No era mi madre, pero como si lo fuera. Yo la quiero. No quiero que muera."
 
Los ojos de Canildo se aguaron.
 
La cocina, el vapor, las ollas, Kresmata.
 
"Djazia, Djazia, ¿por qué te quedaste allá? ¿Por qué cambiastes de lugar la imagen tuya? No sé que es lo que siento por ti. ¿Qué es lo que tú sientes por mí? No me gustó para nada como nos manejaste a Cuasicasio y a mí. No me gustó para nada que me usaras así. Tu hermano tiene razón. Vives para mandar. Respiras órdenes. No sabes relacionarte conmigo sino es mandándome, como si yo fuera un objeto tuyo y eso no me gusta nada."
 
Él sentía por Djazia, pero también sentía rechazo.
 
"Cuando se descubre que te manipulan ya no puedes sentir lo mismo."
 
Le daba rabia como estaban destruyendo su pasado, su infancia, e incluso su futuro como Príncipe. Él se había hecho ilusiones, y todo estaba enterrado ahora.
 
"Regresaré para vengarlos", juró.
 
 

*    *    *
 
 

Cuasicasio vio a su padre ascender, allá a lo lejos.
 
"Es él", pensó.
 
Le daba rabia ese final.
 
Y miró la figura que ascendía..., hasta que dejó de verla.
 
"Debe haber reventado como un globo."
 
No era justo.
 
Primero, su madre, y, en este momento, su padre.
 
"Nadie me verá llorar."
 
Estuvo inmóvil unos minutos.
 
A la mente le vino la figura de Mirta, pintada.
 
"Ahora me doy cuenta que me quería. No era que fuera una criada y tuviera miedo. También me quería. Ojalá no le pase nada."
 
Le vino a la mente su prima.
 
"Por malcriada. Ella se cree que puede ir por la vida haciendo lo que le da la gana, hiriendo, pisoteando y mírala ahora embarcada, sin su Canildo. Y aunque lo tuviera al lado ya lo perdió. La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse."