Solución completa y definitiva de todos los problemas sociales
Los genios inconmensurables de todos los tiempos, un Marx, un Lenin, un Mao, un Che Guevara, un Fidel Castro, un Hugo Chávez, tienen en su poder la solución completa de todos los problemas sociales, no sólo presentes, sino futuros.
Los que buscan esa panacea que cure todos los males sociales tienen que recurrir a esas autoridades maximalistas, porque, para empezar, yo no creo que exista tal solución, porque en el caso imposible de encontrarla, y en el más imposible de llevarla a cabo, no duraría así ni un segundo, debido a la labor corrosiva de la imaginación de los habitantes de ese ElDorado.
En primer lugar quiero aclarar que cambio no es evolución, no es por sí mismo progreso. Usted puede cambiar algo y estar peor que al principio. No creo tampoco que todo progreso, mejor dicho, cambio, traiga de por sí la felicidad al ser humano. Es más, pienso que en las sociedades modernas el número excesivo de cambios contribuye en mucho a la infelicidad humana. También hay que tener en cuenta que la misma felicidad depende de quien la defina.
Para los que creen de modo firme en cualquier teoría de redención humana, el párrafo anterior no es más que pamplina, una estupidez nacida de la falta de conocimiento.
Sin embargo, la naturaleza relativista de nuestras creencias, de nuestras verdades (con sólo dos objetos no se puede saber quien se mueve y todo depende de en donde se encuentra el observador y el movimiento de un objeto siempre se tiene que expresar con respecto a un punto de referencia), la comprobación de que no todo lo podemos saber, ese agnosticismo relativo que nos ha lanzado al rostro el principio de incertidumbre con respecto a la velocidad y posición de un electrón (que no podemos saber al mismo tiempo su velocidad y posición, o sabemos uno o sabemos el otro; que la determinación cuántica no es individualizada, sino probabilística, etc.), nos hace ver lo iluso de las teorías sociales completas y definitivas.
Esto no quiere decir que no podamos decir nada. La Filosofía Concreta nos permite ver en dónde radican los peligros sociales y nos permite elaborar ciertas soluciones.
La Ley Piramidal, aunque es una ley y por lo tanto inevitable, no puede dejarse que opere sin control y el objetivo esencial debe ser evitar el monopolio y estimular la aparición y competencia de muchas pirámides en el campo social.
Aunque la sociedad monopiramidal crea de por sí el faraón, con todo el daño social y humano que ello conlleva, el monopolio de un sector dado en una sociedad multipiramidal es también dañino.
Un error de nuestra época es creer que la Economía opera independientemente de la voluntad de los seres humanos. Si bien esto es cierto a nivel individual, no lo es a nivel social. La conciencia social determina por dónde va la economía y no se debe limitar y nunca se limita, a ser una simple vía para realizar los designios económicos, que en definitiva son designios de determinadas pirámides, algunas con más poder social que otras.
La creencia actual predominante sobre la economía, con su darwinismo social de la supervivencia del más fuerte, de que hay que dejar actuar la economía por sí sola, es errónea. La economía siempre de un modo u otro está sujeta a la voluntad social, a la voluntad de muchas pirámides distintas, como por ejemplo, a la voluntad del cartel, del monopolio que ejercen los países productores de petróleo.
La sociedad debe proteger y darle atención a los ancianos, desvalidos y enfermos. Eso es parte de la esencia humana y a medida que no sea capaz de hacer esto, deja de ser humana.
La esencia humana es imaginar, imaginar es cambiar lo que se cree, y luego comunicar lo que imagina, por lo que la libertad de creencias y de comunicación son esenciales para que una sociedad pueda calificarse como humana.
La Filosofía Concreta llama a que se luche no por ideas abstractas de generalización absoluta y de consecuencias catastróficas, sino por ideas concretas para resultados concretos, pues si se mantiene un contacto directo con la tierra que se pisa es posible dar un paso firme, sin hundirse en las arenas movedizas a las que conduce poner la proa visionaria hacia una estrella de tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, parodiando a José Ingenieros, pues sin duda alguna vale más la sabiduría popular de Sancho, que la locura de Don Quijote atacando molinos de viento, por mucho amor que le tengamos al Ingenioso Hidalgo.